Winter is coming…

No es la primera vez que os cuento que soy una persona de verano (aquí). Por eso para mí, que el verano termine, nunca ha sido una buena noticia. Sin embargo, este año estaba siendo diferente.

La primavera empezó de la peor manera, no terminó mucho mejor, quisimos ver la esperanza en el verano, pero se fue torciendo hasta acabar mal, así que en la llegada del otoño, tenía yo puestas mis esperanzas.

Nunca antes había sentido tanta necesidad de ir cubriendo etapas, ni había tenido puesta mi mirada en el futuro, muy al contrario, siempre he revindicado el hoy, el ahora, pero últimamente, el hoy es igual que el ayer y que el anteayer, y el futuro se nos antoja incierto, nadie se atreve a hacer planes. Sin embargo, tampoco el otoño ha traído buenas noticias, muy al contrario, la situación se ha vuelto a complicar.

Así que mientras esperamos que nos vayan dando mejores noticias, que las curvas vayan por donde tengan que ir,  y que podamos tener objetivos y planes a un plazo más largo que una semana, el invierno se nos ha echado encima…

En esta época en la que normalmente apetece estar en casa, y dado que este año además conviene que estemos en casa, nos podemos dedicar a perder nuestro tiempo lamentándonos o aprovecharlo aprendiendo cosas o descubriendo postres que nunca nos hubiéramos creído capaces de hacer.

Eso es lo que me ha ocurrido a mí con la tarta de queso. Hasta hace nada, la única tarta de queso que conocía (y cómo me arrepiento…) era la típica tarta blanca con mermelada encima y que se hacía en frío. He de confesar que nunca ha sido de mis favoritas, así que no tenía la costumbre de pedirla.

¿Cómo puede ser que una foto marque un antes y un después en tu vida? más aún, ¿cómo puede ser que una foto de una tarta de queso marque un antes y un después en tu vida?

Pues sí, fue una foto, la que aparecía en un artículo de una revista, sobre las mejores tartas de queso, la que llamó mi atención, tanto que me llevó a ella y se ha convertido en uno de mis postres favoritos.

Se trata de una tarta de queso horneada, es blandita, jugosa, no demasiado dulce, no empalaga… ¡¡Puff! ¡¡Y está deliciosa!! Para ganarse más mi admiración, es sencilla de hacer y admite cambios de proporciones para potenciar más o menos el sabor a queso y distinto tiempo de horneado para que esté más o menos blanda.

Para hacerla, con un resultado muy satisfactorio, no es necesario ser un gran chef y solo se necesitan estos ingredientes:

Para la base

Galletas y mantequilla

Para la crema:

500 gr de queso crema

80 gr de queso parmesano

100 gr de queso fresco

250 gr de nata (mejor si es de 35% de materia grasa)

200 gr de azúcar

10 gr de harina

5 huevos

una pizca de sal

Se elabora de la siguiente manera: para hacer la base hay que triturar la galleta y mezclarla con la mantequilla hasta formar una pasta con la que cubrir el fondo del molde. No doy cantidades porque depende del grosor que queráis para vuestra base.

Para hacer la masa de la tarta, se trata de ir mezclando en un bol todos los ingredientes menos la harina, hasta conseguir una crema homogénea, entonces se añade la harina y se sigue mezclando.

Se mete en el horno precalentado, durante 30 minutos a 190º en posición ventilador. Con este tiempo, la tarta queda muy, muy jugosa, si os gusta que esté más cuajada, habría que tenerla unos minutos más.

Una vez fuera del horno, recomiendan dejarla reposar unas 3 horas… si sois capaces, ¡claro!

Os dejo la foto del resultado de mi primera tarta de queso horneada. Las siguientes han ido mejorando ¡aunque sigue sin parecerse a la de la foto!

Si tenéis un ratito tonto, os animo a que lo intentéis.

Hasta pronto,

Operación bikini

Leí una vez que Frida Giannini, antigua directora creativa de Gucci decía que a partir de los cuarenta, la mujer no debía enseñar el ombligo. Deduzco de esta afirmación que ¿consideraba que no debíamos usar bikini una vez cumplida esta edad? No sé yo que pensar… Coco Chanel decía que a partir de los 40 se alarga la falda y se acorta la melena, y siempre me ha parecido un buen consejo, pero lo del bikini… ¡no lo tengo yo tan claro!

Ha venido esto a mi mente, porque hemos llegado a esa época del año en la que en el momento en que ofreces algo de comer, siempre obtienes la misma respuesta: estoy con la operación bikini.

Así que, yo con ganas de colaborar y hacer menos costosa esta operación, he decidido hacer algunas propuestas de comidas, fáciles y rápidas, que sean plato único y que engorden lo menos posible. Para ello lo más fácil, sobre todo para las que como yo, no sois grandes cocineras, es partir de platos que normalmente hacemos con pasta y sustituirla por alguna verdura.

A mí la verdura más sencilla para cocinar me parece el calabacín. Es una verdura con un montón de ventajas: no es cara, se conserva bien en el frigorífico, se hace muy rápido porque no es necesario cocerlo previamente -se hace con el agua que el mismo suelta- tiene un sabor tan suave que se adapta a cualquier otro alimento y se puede cocinar de mil maneras. Es la típica verdura que te saca de un apuro, para ese momento de pereza o de no se qué poner para comer, o para esos días que llegas tan cansada, que no quieres ni siquiera pensar en hacer la cena. Yo siempre tengo un par de calabacines en el frigo ¡y me han salvado de muchas!

Hoy os voy a proponer unos “calabacetis”, que no son más que calabacines cortados en tiritas finas. Si no queréis cortarlos vosotras, los venden ya cortados, yo los he visto en la zona de ensaladas del supermercado, pero sinceramente, no creo que merezca la pena pagarlos más caros por el simple hecho de venir ya cortados ¡cuesta poquísimo hacerlo una misma con un cuchillo!

Como estamos hablando de la operación bikini lo lógico es cocinarlo con alimentos que tengan proteína, para estar bien alimentadas, pero que engorden lo menos posible. La receta que os propongo (la de la foto) son unos calabacetis con gambitas y chatka. Pero se harían igual con chirlas o con gulas… Para hacerlo solamente hay que rehogar las gambitas en una sartén con aceite de oliva y unos ajitos, si os gusta un toquecito picante podéis echar un poco de guindilla. Cuando las gambitas cambien de color se añade la chatka y después los calabacetis. Se echa sal y con el agua que van soltando se cocinan. Normalmente cuando se ha evaporado el agua están ya listos y muy blanditos, pero hay quien los prefiere más al dente y los retira antes.

Como veis, en un pis pás tenéis la comida hecha. Otra opción con calabacín es hacer una tortilla, sustituyendo toda o solo una parte de la patata. En este caso se rehoga el calabacín con un poco de aceite de oliva y cebolla, y cuando esté todo blandito, se hace la tortilla como si de patata se tratara. Así eliminamos la patata y casi todo el aceite.

Probadlo si tenéis ocasión y ya me contaréis.

Antes de despedirme os quiero contar un par de “cosas que nos facilitan la vida” en lo relativo a la cocina. Una son los aceites aromatizados y otra es tener siempre en el congelador gambitas, gulas, chirlas y/o chatka.

Me regalaron unas Navidades una caja de aceites aromatizados de La Chinata. Me parecieron la bomba. Nunca antes los había utilizado pero desde entonces no he dejado de hacerlo. Hay un montón de ellos: ajo, trufa, albahaca, limón, guindilla… Para mí son comodísimos, cuando se me acabaron comencé a hacerlos yo misma. El de ajo, por ejemplo, es una gozada: no tienes que pelar y picar los ajos, así te evitas el olor en las manos, no se queman, por lo que no hay peligro de que se ensucie el aceite o coja mal sabor, no tienes que retirar los ajos después, en el caso de que como a mí, no te guste encontrártelos en la comida… Y el de guindilla, también es un imprescindible para mí.

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Son además una idea estupenda para regalar o para llevar cuando te invita alguien a comer o a cenar en su casa.

Y lo de tener esos alimentos en el congelador, lo digo por experiencia propia. ¿Cuántas veces he preparado una pasta con gulas o una tortillita de gambas, un arroz con chirlas… en un momento de frigorífico vacío? Suele ocurrir a la vuelta de vacaciones, cuando coincide que es festivo y no te has dado cuenta ¡precisamente porque estás de vacaciones! o cuando viene alguien a verte y le dices ¿te quedas a comer? Hacedme caso ¡os puede venir muy bien!

Hasta pronto,

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