Las chicas de oro

Hace cosa de un mes leí una noticia que me produjo escalofríos. Habían aparecido en un piso los cadáveres de dos mujeres sin signos de violencia. No me enteré si llegaron a confirmarlo después, pero comentaban entonces que podría tratarse de una mujer mayor y dependiente y de su cuidadora, esta última habría fallecido repentinamente por causas naturales y la primera por falta de atención. Me causó tal impacto que cada vez que lo recuerdo se me agita el alma.

Seguro que os acordáis de una serie americana de los años 80 que se llamaba “Las chicas de oro”, en ella se relataban en clave de humor, las aventuras y desventuras de cuatro mujeres maduras, que cada una por distintos motivos habían decidido compartir casa. Me encantaba esta serie porque cada personaje era la caricatura de un tipo concreto de mujer y porque los guiones eran ágiles y divertidos, pero lo que más recuerdo era cuánto me gustaba la idea de que personas mayores pudieran compartir casa y vida, a pesar de ser todas tan diferentes. Ha venido a mi memoria esta serie porque cada vez hay más personas que viven y pasan sus últimos años solas o acompañadas solo por las personas que les cuidan y no es ese el final al que yo aspiro.

Por cierto hablando de series, a las que os hayáis dejado caer por aquí por primera vez os cuento y a las habituales os recuerdo que Amazon me ha concedido la posibilidad de ofreceros una prueba gratuita de un mes de duración de Amazon Prime Video si lo solicitáis a través de este enlace. Podéis ver series o pelis en streaming o descargarlas para poder verlas en cualquier momento, aprovechad la posibilidad, tienen miles de ellas.

Siguiendo con el tema de la convivencia,  siempre hemos visto con normalidad que los jóvenes compartan piso, en esta etapa de la vida suele ser principalmente por motivos económicos -compartir gastos es a veces la única forma de independizarse- sin embargo que personas mayores o incluso ancianas compartan piso, es para nosotros algo muy poco habitual. Tal y como andan últimamente las cosas, tampoco habría que descartar la bondad de compartir gastos, pero con esta edad se trataría más de compartir el tiempo y evitar la soledad.

Ya hablé de la soledad en una ocasión, entonces comentaba la costumbre que tenemos de apoyarnos únicamente en la familia y animaba a ampliar el círculo, incluyendo en el también a los amigos. Ahora está muy de moda referirse a los amigos como “la familia que elegimos”, quizá sea una expresión un poco pretenciosa, pero en vista de la evolución que está teniendo la sociedad, de la extensión de la vida laboral hasta edades cada vez más avanzadas, del alargamiento de la esperanza de vida,  no nos vendría nada mal ir pensando en cambiar de modelo. ¿No os parece?

Me contaba el otro día una conocida, que su madre de 80 años vive sola. Afortunadamente está muy bien de salud y está muy contenta en su casa, de hecho no quiere ir a vivir con ninguno de sus hijos, pero ella me comentaba que nota que el hecho de vivir sola le desmotiva y le limita para muchas cosas: para cocinar, porque “total para mí sola”, para salir, porque “por no ir hasta allí yo sola”… y cree que podría estar mucho más activa si compartiera su vida con alguien que esté en su misma situación. Ya sabéis que todo en compañía se hace mejor y más fácil y el hecho de que sea “un igual” les quita la sensación de dependencia o de ser una molestia para los demás.

En otros países, sobre todo en los países nórdicos, es algo más habitual, de hecho algunas amigas de mi hija, han compartido casas con personas mayores cuando han estado estudiando en el extranjero. Para estas personas supone una doble ventaja, por un lado obtienen unos pequeños ingresos y por otro, tienen la compañía de una persona joven, que les estimula y les acompaña. Se sienten mejor, más útiles y conectadas con el mundo. Pero aquí no es algo que se estile, es más, si nuestros padres se propusieran hacerlo seguro que veríamos un montón de pegas.

Pensando en este tema, me viene a la memoria el libro de Nuria Gago “Quiéreme siempre, no sé si lo habéis leído, yo no he tenido la suerte de hacerlo todavía, está en mi lista de pendientes, pero me han dicho que es una delicia. Para las que no os suene os dejo la sinopsis:

A Lu, que lleva dos años en París, le han roto el corazón por tercera vez y decide volver a Barcelona para aclarar sus ideas. Su madre le busca un trabajo de cuidadora sin consultarle y cuando la recoge en el aeropuerto, la lleva directamente a casa de Marina: ochenta y seis años, viuda y pendiente siempre de su hermana María, enferma de alzhéimer. Lo que empieza siendo una convivencia forzosa se convierte para las dos en un pequeño oasis en el que recuperarán la alegría y el control de sus vidas. Quiéreme siempre habla sobre la importancia de ayudarnos los unos a los otros, sobre la soledad de nuestros mayores, sobre cómo la música puede abrir puertas que ya nadie encuentra y, sobre todo, de cómo el humor, el amor y la valentía de mirar hacia adentro pueden salvarnos.

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Cuando hablo de esto con mis amigas, me suelen decir que las personas mayores no están para convivir con nadie, que nos hacemos raros, que tenemos nuestras costumbres y horarios, que no queremos adaptarnos ni amoldarnos a otros… Yo no tengo tan claro que eso sea así.  Si me pongo a imaginarme a mí misma dentro de unos años, tengo claro que no me gustaría estar una casa llena de niños que corran y salten, rían o lloren, o con unas personas que trasnochen cuando yo quiera dormir o me despierten por la mañana si ellos tienen que madrugar ¡Seguro que no! ¿Pero si se tratara de convivir con un par de amigas, de más o menos mi edad, con unos horarios parecidos y unas necesidades similares? Que ellas me recuerden que me tengo que tomar las pastillas, que yo les “obligue” a ir a tomar un café o que compartamos una peli las tardes de invierno ¿qué me diríais entonces? Creo que es algo que cada vez está más presente entre las personas maduras. Muchas, yo me incluyo en este grupo, quieren vivir la última etapa de su vida entre iguales, con personas de su misma edad y con sus mismas aficiones, les apetece vivir entre amigos, cuidarse y apoyarse entre ellos.

En esta línea, están proliferando los proyectos de cohousing, que no es otra cosa que compartir vida pero en unas instalaciones que combinan espacios privados con espacios comunes. Es una muy buena alternativa a estar bajo la supervisión de los hijos o ingresados en unas residencias, cuyos precios son casi siempre prohibitivos. Pero aún queda mucho camino por recorrer, son proyectos complicados que hay que iniciar desde cero y se requieren muchos medios. Mientras tanto, hay muchas personas viviendo solas en casas espaciosas que podrían ser compartidas y así vivir de manera más cómoda y segura, más activos y económicamente más holgados… No me parece que sea una locura ¡pensad en ello!

Hasta pronto,

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La soledad

Dicen que en este maravilloso cuadro, Vincent Van Gogh quiso reflejar la soledad. Mostrar esa sensación de sentirse diferente al resto. El es el lirio blanco entre el resto de lirios violetas. (Campo de lirios. 1889)

La idea de escribir este post surgió después de una conversación con una personita de 14 años que me dijo, con toda naturalidad, que a ella le gusta la soledad. A partir de esta afirmación tan rotunda, empecé a pensar…

Yo misma nunca he considerado la soledad en si misma como algo malo, al contrario soy una defensora de la soledad cuando ésta se elige. Quizá el estilo de vida que llevamos, que nos “obliga” a estar siempre rodeados de gente, me hace valorar más los momentos en los que puedo disfrutar de la soledad. Y ahí me surgen las dudas ¿Se puede “disfrutar” de la soledad? ¿Es lo mismo la soledad que estar solo? No es un tema sencillo. No es fácil tener criterio.

¿Cuántas veces hemos oído a personas decir que se sienten solas a pesar de estar rodeadas de gente? Muchas. Y al revés, ¿cuántas personas disfrutan estando solas, sin sentir soledad? También muchas. No hay reglas.

Por eso, cuando oigo que alguien insiste en acompañar a los demás para que no estén solos, me revelo un poco contra esa imposición de la compañía. Considero que es tan mala como la soledad no deseada. Una vez más volvemos a la idea de siempre: libertad y respeto. Cada persona es un mundo e incluso la misma persona puede cambiar su percepción de la soledad a lo largo de su vida. Me imagino que esta sensación se incrementa con el paso de los años, según vamos siendo más dependientes físicamente o cuando sufrimos la pérdida de amigos y familiares. Tenemos el mundo organizado de tal manera que no tenemos tiempo para acompañar y cuidar de nuestros seres más queridos. Creo que hace falta reflexionar sobre este asunto.

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Dicen que la soledad es la plaga del siglo XXI, he leído artículos fechados hace más de diez años que ya hablaban de ello. Hoy en día hablan del “drama” de la soledad, la califican de asesina silenciosa y se la considera un problema de salud pública, porque, lejos de lo que yo creía, no afecta solo al plano afectivo o emocional, sino que se la relaciona con varias enfermedades físicas. En muchos países ya se está trabajando en este asunto, en Reino Unido en vista del incremento de personas que declaran sentirse solas, se ha creado un Ministerio (Ministry for Loneliness) para gestionar este tema.

Vivimos en una sociedad en la que dejamos en manos de la familia, y solo de la familia, muchas cosas. Siempre somos los hijos o los nietos, los que acompañamos a nuestros padres al médico o a cualquier sitio que necesiten acudir y no puedan o no les apetezca hacerlo solos. Es muy raro que recurramos a los amigos, cuando en multitud de ocasiones son una compañía tan buena o mejor que la de los familiares. En este asunto, se juntan dos cosas: una especie de miedo o vergüenza a reconocer que los familiares no pueden cumplir con esa tarea y la sensación de que los amigos solo están para las cosas buenas. Tanto es así que cantidad de personas prefieren ir solas antes que solicitar la compañía de los amigos, cuando me consta, que la mayor parte están siempre dispuestos a ello. Yo lo estoy y creo que lo estaré en el futuro, y no me avergonzará pedirle a mis amigas que me acompañen cuando no quiera o no pueda ir sola a algún sitio. Del mismo modo creo que ellas sienten que pueden contar conmigo, no solo para tomar unas cañas y pasar buenos ratos, sino también para esos momentos menos buenos.

Creo que este cambio de mentalidad es muy necesario y aunque probablemente ya sea tarde para que la generación anterior lo asuma, si que está en nuestras manos que nuestro futuro en este aspecto, sea diferente y mejor.

Después de todo esto, he llegado a dos conclusiones. Primera que la SOLEDAD ES SENTIRSE SOLO y segunda, que no, en realidad no nos gusta la soledad, lo que nos gusta es pasar ratitos solas, pero sabiendo que tenemos a nuestro alrededor muchas personas que nos quieren y que están siempre dispuestas a ayudarnos y acompañarnos cuando queramos o necesitemos.

Hoy por ejemplo, es uno de esos días que toca compartir buenos momentos. Unas cañitas para celebrar el cumple de una de mis amigas. Zorionak Maite!

Hasta ponto,

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