Namasté

El otro día cayó en mis manos una revista publicitaria de la marca Rituals. En ella Raymond Cloosterman el fundador y CEO de la empresa escribe un artículo titulado “Para conseguir lo que quieres tienes que darlo primero”. Es un artículo cortito, pero me gustó mucho y me hizo sentir bien y reflexionar un poco. En él cuenta que la frase que da título al artículo es para él una de las lecciones más importantes de su vida y que la aprendió en una charla de Deepak Chopra. (*)

Continúa diciendo: “Con los años, he llegado a comprender que no tiene por qué ser algo grande o sorprendente, un pequeño gesto tiene el poder de crear un gran impacto. Una sonrisa de un extraño, alguien que escucha tus problemas o una mano amiga cuando te sientes sobrepasado. Respeto, sea cual sea tu estatura, creencias, edad o logros. Estas son las cosas que potencian la positividad y, a su vez, crean un efecto de onda expansiva.” (Raymond Cloosterman)

Coincido absolutamente con este pensamiento. Siempre he creído en el poder terapéutico de una sonrisa, pero cada día estoy más convencida de ello. No sólo del valor de la sonrisa, sino también del de la palabra. Desde hace tiempo intento hablar más con las personas que están a mi alrededor, aunque no las conozca: con la dependienta de una tienda, con el cartero, con el chico que trae el pedido del súper, con la señora que está delante de mí en la cola del cine o con el anciano que está como yo esperando a que abran el banco.

Me disgusta terriblemente que no nos hablemos, que casi ni nos miremos, pocas cosas me resultan más violentas que estar en un ascensor evitando la mirada de la persona que tengo a treinta centímetros de mí. He aprendido y ahora me cuesta muy poco ofrecer mi ayuda o pedirla si la necesito, así como agradecer cuando alguien me ayuda o se preocupa por mí. Qué poco practicamos la gratitud y qué poco se valora hoy en día. Nos enseñan a dar las gracias por educación y damos las gracias por costumbre, pero no nos enseñan a sentir gratitud, ni nos cuentan lo bien que sienta considerarnos afortunados por lo que tenemos y sobre todo por lo que somos. Hemos tenido la suerte de nacer en esta parte del mundo y ese simple hecho en el que no tenemos nada que ver, ni participamos, supone que nuestra vida es infinitamente mejor y más larga que la de muchos millones de personas. Si yo hubiera nacido unos kilómetros más al sur, estaría llegando al final de mi vida, eso suponiendo que no hubiera fallecido en el parto, por ejemplo. ¿No es este un motivo suficiente para sentirme agradecida?

Es cierto que el paso de los años nos hace perder el miedo al que dirán y eso ayuda a no tener vergüenza para hacer o decir ciertas cosas, pero también es cierto que el propio paso del tiempo nos hace valorar más el “calor humano” y ser capaces de ver el lado bueno de las cosas y sobre todo de las personas. Recuerdo que cuando era joven, cuando sin querer pisaba o empujaba a alguien, me limitaba a pedir perdón, pero casi de pasada y sin interactuar con la persona. Ahora sin embargo, no solo me disculpo, también pregunto si le he hecho daño, si está bien… y si me lo hacen a mí, siempre procuro sonreír y decir que estoy bien. Cuesta lo mismo, pero te sientes mejor. Es un pequeño gesto de humildad y también de humanidad, algo que cada vez me resulta más reconfortante y más necesario.

En mi faceta como madre, siempre he insistido mucho en este aspecto y he comprobado que el ejemplo (aunque en una época concreta de la vida de nuestros hijos les haga sentir vergüenza ajena) sirve, y me gusta creer que con estos gestos estamos contribuyendo (a muy pequeña escala, ya lo sé) a hacer que el mundo sea un poquito más humano y en definitiva, un poquito mejor. Por eso me gusta tanto el anuncio de Toyota, me veo reflejada en la figura del padre.

He de reconocer que estamos avanzando mucho en este aspecto. Ahora, algo que era impensable hace unos años, la gente te desea que tengas un buen día, el have a nice day que solo oías cuando viajabas fuera, hoy te lo dice el panadero, el empleado de la agencia de viajes y la señora del kiosko… Puede que sea simplemente una herramienta de marketing, pero me vale, porque casi sin darnos cuenta lo interiorizamos y a su vez, nosotros se lo decimos al vecino que nos encontramos en el portal o cuando saludamos al compañero de trabajo que nos cruzamos por el pasillo y los niños en el colegio se desean buen “finde”. Y si tú lo dices, te lo dicen a ti y de esta manera, sin buscarlo, creamos mejor ambiente con algo que, si lo piensas bien, cuesta muy poquito.

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Volviendo al artículo, en él también se habla del término Namasté. Una palabra en sánscrito antiguo que significa “me inclino ante ti” y que lejos de lo que yo creía, no es un término religioso, sino una expresión de profundo respeto, hacia uno mismo, hacia los demás y hacia el mundo que nos rodea. Confieso que nunca me he considerado una persona excesivamente espiritual, de hecho, esta parte era en la que menos cómoda me sentí durante los meses que estuve asistiendo a clases de yoga, sin embargo, sí que creo que lo que haces y cómo lo haces vuelve a ti. Llámalo Karma o llámalo “recoges lo que siembras”. Creo que el mal ambiente genera mal ambiente y que la alegría produce alegría, del mismo modo, creo que es difícil tratar mal a quien te trata bien y entiendo que solo si tú respetas estás en condiciones de pedir respeto. Merece la pena que todos pongamos un poco de nuestra parte, ¿no?

Para terminar mi reflexión de hoy os voy a transcribir las palabras con las que el autor termina su artículo y que recogen perfectamente lo que pienso:

“Así que la próxima vez que desees algo, pregúntate primero: ¿Qué doy yo? ¿Quieres respeto? Muéstralo a otros y expresa tu gratitud. ¿Quieres bondad? Sé amable, no importa como te trate la gente. ¿Quieres felicidad? Haz felices a otras personas. ¿Quieres sentirte amado? Abre tu corazón y da amor sin pedir nada a cambio.

Después de todo, ¿qué puedes perder haciéndolo? En el peor de los casos, le das a alguien un pequeño momento de felicidad. En el mejor de los casos, será como un boomerang que volverá a ti.” (Raymond Cloosterman)

Namasté.

Hasta pronto.

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(*) Por cierto, yo no conocía a Deepak Chopra. Es un reconocido pionero de la medicina integrativa y la transformación personal. La revista TIME le ha descrito como uno de los cien mejores héroes e iconos del siglo. Es médico especializado en Endocrinología, Medicina Interna y Metabolismo, aunque tiene bastantes detractores en el ámbito de la medicina. Tiene publicados más de ochenta libros e imparte numerosas conferencias sobre espiritualidad y sobre el poder del pensamiento.

La papelería y yo

Ya os he comentado en algún post anterior que, junto con los libros, la papelería es otra de mis grandes aficiones. Lo malo es que me gusta todo y ¡lo compro todo! Los botes para meter los bolis cada vez son mas anchos y ahora necesito una caja para guardar lo que antes me cabía en un cajón del escritorio. Bolis, rotus, lápices, acuarelas, libretas, cintas, pegatinas… ¡Todo!

Si mi predisposición natural ya fuera poco, además en el mundo de YouTube e Instragram hay cientos, incluso miles de tutoriales de todo tipo de manualidades relacionadas con la papelería, y tiendas on-line que venden más cosas de las que era capaz de imaginar.

Pero si tuviera que quedarme con una sola cosa de todo este mundo, me quedaría con las libretas o agendas y todas las actividades que giran alrededor de ellas: forrarlas, decorarlas… ¡Me paso horas!

Cuando eres tan pesada como yo con este tema, te ocurre que llega un momento en el que no encuentras la agenda perfecta. La que te gusta por fuera porque tiene una portada bonita, no te gusta como viene distribuida por dentro o al contrario, si por dentro se ajusta a lo que quieres, resulta que la portada no es tan bonita como quisieras. En mi caso la solución ha sido elegir la que me gusta por dentro y después forrarla a mi gusto.

Es muy fácil. Todas hemos forrado nuestros libros y carpetas cuando éramos jóvenes y seguro que también nos ha tocado forrar los libros de nuestros hijos cuando eran pequeños. Pues es lo mismo. Se parte de ahí y se puede evolucionar hasta donde se quiera. Como suelen decir: “el límite es tu imaginación”

La forma más sencilla de forrar algo, ya sea una agenda, un cuaderno o esas libretas de propaganda que nos regalan y que son feas pero pueden resultar útiles, es utilizar papeles. Pueden ser papeles de regalo o los que venden para manualidades. Además, para darles un toque más especial, se pueden añadir detalles como stickers (las pegatinas de toda la vida) o cintas de whasi tape. Venden muchas y a precios muy asequibles en tiendas como Tiger, Hema o Muy Mucho.

Os voy a enseñar unos ejemplos sencillitos. En la foto de la izquierda está el material que he utilizado y en la de la derecha el resultado. Como veis es muy fácil y hay miles de combinaciones para todos los gustos, desde los más sobrios hasta los más llamativos.

Otra manera de hacerlo, también fácil pero un poco más laboriosa aunque mucho más creativa y económica, es utilizar recortes de revistas. Si nunca os habéis puesto a pensarlo no os hacéis una idea de las muchas posibilidades que hay. Tenemos paisajes, tramas, letras, frases, dibujos. La publicidad es una fuente inagotable de material.

Para forrar de esta manera, hay que empezar poniendo un fondo para cubrir toda la superficie. Normalmente suelo poner fotos de ciudades o de paisajes, unas veces en color y otras en blanco y negro. Después voy añadiendo letras, dibujos, pegatinas o frases que encuentro en la publi. Procuro contrastar los colores o coordinarlos según el efecto que quiera conseguir o el gusto de la persona para la que vaya a ser la agenda. El resultado es impresionante y sobre todo UNICO, no hay dos iguales y te permite personalizarlas totalmente. ¿Cómo? Pues eligiendo imágenes que estén relacionadas con el receptor de la agenda o con el fin de la misma. Grupos musicales, actores o actrices, las ciudades favoritas, el deporte que practica, la carrera que estudia, su nombre, horóscopo, día que ha nacido o cualquier cosa que pueda ser importante.

Todos los años forro las agendas de mis sobrinas, las de mis hijas, la mía y la de alguna amiga, así que estoy cogiendo mucha práctica. Os enseño algunas de este año.

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Como veis quedan muy vistosas, pero lo más bonito de esta técnica, es que son exclusivas y tienen un toque sentimental porque están hechas pensando en quien va a recibirlas.

Una técnica intermedia entre ambas es utilizar un papel para hacer el fondo y luego añadir el resto de cosas. Es más fácil que construir un fondo coordinando fotos y también queda chulo, mirad un ejemplo.

Una vez acabadas, las cubro con plástico adhesivo para que no se estropeen.

Es una actividad muy entretenida, que desarrolla mucho la creatividad, sirve para ocupar ratitos de ocio y a pesar de ser muy sencilla, resulta útil para cuando quieres tener un detalle sencillo con alguna persona. En mi caso, la experiencia de regalar este tipo de libretitas ha sido muy emotiva. Siempre han gustado y han apreciado mucho el hecho de que sea algo hecho por mí y pensando en la persona concreta a la que va dirigido. Es una sensación muy gratificante.

Espero que os haya gustado y que os animéis a hacer este tipo de cosas. Si no os atrevéis o necesitáis que os eche una mano, me lo decís. Y si queréis tener un detalle con alguien puedo ayudaros.

Hasta pronto.

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“Esos” desayunos… y VIII

Cerramos la serie de desayunos como la empezamos, con el desayuno “de diario” -sencillo, sano y delicioso- pero esta vez cambia el escenario. Ya que el viernes inauguramos el balcón, hoy desayunamos en el balcón.

Zumo de naranja y pomelo rosa, tostada de pan con pipas, aceite de oliva virgen y sal de Añana, jamón de pavo artesano y huevo cocido con semillas de chía. ¡Ah! y que no falte mi café bombón. Los días que prefiero dedicar el tiempo a disfrutar el desayuno en vez de a prepararlo, recurro a éste. También cuando no he tenido tiempo de ir al super…

Para completar el momento y que este se alargue, tengo revista recién publicada.

Estamos en la época del año en la que todas las revistas se empeñan en que empecemos a soñar con las vacaciones, y eso está muy bien, siempre hay que tener una ilusión a corto plazo, pero que no se nos olvide que los dos meses que nos faltan hasta llegar a ellas, también merecen ser disfrutados.

Aunque no estemos de vacaciones, las tardes son más largas y si el tiempo acompaña, merece la pena que cada día intentemos sentirnos “como de vacaciones”. No tienen que ser planes excesivamente elaborados, a mí me suele bastar con dar un paseo o tomar una caña y un pintxo antes de ir a casa o cenar algo rápido en una terraza o en una cervecera. El simple hecho de estar por la calle de día, ayuda a que parezca que es fiesta. ¡No lo desaprovechemos!

He dicho que cerramos la serie de desayunos, pero tengo la intención de iniciar una nueva serie de posts sobre comidas fresquitas para esta época del año: ensaladas, sandwiches, cremas frías… a ver qué cosas se me ocurran que os puedan servir de ayuda o inspiración.

Ahora ¡a disfrutar!

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40 de Mayo

No ha llegado todavía ¡pero yo estoy del sayo hasta las narices! así que he decido ir poco a poco, dando un aire primaveral a mi casa. Y como todos los años, he pensado empezar por el balcón.

 

Siempre que he viajado a países fríos, me ha llamado la atención que muchas casas tienen ventanas enormes y balcones o terrazas. Lo he visto en Varsovia, en Ámsterdam en Copenhague… y digo esto porque en mi ciudad, Bilbao, muchísimo menos fría que cualquiera de esas capitales, hay muy pocos edificios con terrazas. Sí que es cierto que desde hace unos años están construyendo más casas con balcones pero antes eran muy poquitas las que los tenían y curiosamente, un porcentaje altísimo de ellos han sido posteriormente cerrados por sus dueños con esas cristaleras de aluminio…

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Yo tengo la suerte de tener un balcón, chiquitín eso sí, pero con buenas vistas y os confieso que es mi parte favorita de la casa. Como os imaginaréis, de los 12 meses del año, durante nueve solo me da trabajo, pero en los tres meses restantes… ¡me compensa con creces! Le da el sol por la mañana, así que ¡me carga las pilas para todo el día!

Durante esos meses desayuno, leo, escribo, ceno y descanso en mi pequeño balcón. No siempre en manga corta, pero bueno, las sudaderas también son para el verano, ¿no?

Lo tengo amueblado de manera muy sencilla, con un arcón al que le he puesto unas colchonetas de exterior y hace funciones de banco, una mesa y dos sillas. No está tan bonito como me gustaría, porque cuando compré los muebles no tenía muy claro el resultado, me preocupaba que quedara muy agobiado, así que por si acaso elegí piezas pequeñas y ha resultado que no son excesivamente cómodas.

En otoño tengo previsto hacer algún cambio en casa y por supuesto, el balcón está en mi pensamiento, pero de momento este verano, lo disfrutaré tal y como está.

Os enseño rinconcitos.

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El banco. Tiene una doble función porque en el arcón, durante el invierno, guardo las colchonetas, pero al usar la pared como respaldo, resulta demasiado vertical y no muy cómodo. Una pena porque es precisamente desde ese banco desde donde se ven todos los árboles del parque que tengo al lado de casa. De todos modos, lleva muchos años cumpliendo su tarea y le estoy muy agradecida.

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La mesa y las dos sillas. Tienen el tamaño ideal para mi balcón y al tratarse de una mesa alta (no de centro) es cómoda para desayunar o apoyar el libro, ordenador… etc. Hace algún tiempo que debía haberla barnizado, pero es que me gusta el aspecto rústico que ha cogido con el paso de los años, creo que se va a quedar así. Las sillas son plegables, lo que me viene de maravilla para poder guardarlas en invierno, sin embargo, precisamente por ser pequeñas, me resultan un pelín incómodas después de llevar un rato sentada.

Para el próximo año me gustaría poner solo dos sillas, más grandes, igual tipo butaca y una mesa redonda, para que ocupe menos. Empezaré a buscar desde este año, porque son muebles que sólo se venden en temporada estival, así que intentaré adelantar el trabajo para que el año que viene no me pierda ni una sola mañana soleada.

Hasta ponto,

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Kimonos… ¡Démosles una oportunidad!

Parecía que iba a ser una tendencia efímera, pero llevan entre nosotras unas cuantas temporadas y esta primavera-verano, a juzgar por lo que se está viendo en las tiendas, van a seguir por aquí. Me refiero a los kimonos.

Se trata de una prenda bastante especial y a primera vista me parecía que no iba a resultarme muy útil, pero después de un par de primaveras he llegado a la conclusión de que es mucho más práctico de lo que pensaba.

Las que tenemos la suerte de vivir a orillas del Cantábrico, sabemos que son muy pocos los días en los que podemos ir en manga corta desde la mañana hasta la noche, así que el kimono es una opción que podemos usar además de la socorrida cazadora vaquera o de la clásica chaqueta de punto. Además da un toque especial. Sin ser para nada una prenda arreglada otorga a los looks mas relajados un aire chic, que a veces viene muy bien cuando no quieres resultar excesivamente desenfadada.

Dicho todo esto, reconozco que yo no invertiría una parte importante de mi presupuesto en comprar un kimono. Por el uso que yo voy a dar esta prenda, no iría a buscando un corte muy especial, ni una seda … optaría por un diseño neutro y un tejido fácil, que tenga caída, sí, porque esa es la gracia del kimono, pero que no se arrugue demasiado y que no necesite excesivo mantenimiento. En cuanto al estampado, eso va en función de lo arriesgadas que seamos cada una de nosotras.

En mi afán de mostraros prendas útiles y otras formas de usar las prendas que ya tenemos, os voy a hablar de cómo tener un kimono, sin comprar un kimono. ¿? Me explico.

Hace unos meses compré un vestido para un acto un poco formal, era bastante sencillo, pero para usarlo a diario me parecía muy serio y no veía la forma de quitarle esa rigidez.

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Un día al colgarlo, me di cuenta de que si no lo ataba podía hacer las funciones de kimono. La forma, la largura y el cinturón que tenía hacían de él el candidato perfecto para darle otra vida. Y así empecé a hacer pruebas con mi ropa y a buscar posibilidades para distintas ocasiones. Encontré tres.

La primera es la más fácil, con pantalón blanco y camiseta negra. Reconozco que tengo bastante tendencia a la sobriedad y que el blanco y negro predominan bastante en mi armario, pero en este caso, dado que el vestido tiene un estampado bastante marcado, creo que es lo mejor para no recargar excesivamente el resultado. He utilizado una camiseta flojita con cuello en pico y mucha caída, pero también queda genial con un tank top negro, para días más calurosos.

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La segunda es por los colores muy parecida a la anterior, por la misma razón, pero en este caso he puesto un pantalón negro con una camiseta blanca con mensaje, para que veáis que el estampado, aunque sea marcado, también admite combinaciones con letras si éstas no son de colores fuertes.

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Para todas las propuestas he elegido pantalones pitillos. Al ser el kimono una prenda larga y floja, prefiero el contraste con algo estrecho en la pierna. Lo contrario me resulta demasiado voluminoso. Pero es solo mi opinión.

La tercera es también bastante neutra para no quitar el protagonismo al kimono. Un vaquero y un top lencero blanco. Una propuesta más relajada que las anteriores, pero que tiene ese toque chic que os decía antes. Queda un poco más vistoso y viste un poco más que solo el vaquero con el top.

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Para este tipo de looks, me gusta el calzado plano. Hay que aprovechar que esta temporada está tan de moda y hay tantas cosas diferentes para dar un descanso a los pies. Me encantan los mules, hay mil modelos, de casi cualquier tejido, color y precio. Me parece un opción perfecta, aunque también admite unas sandalias, unas parisinas… Si lleváis bolso, uno tipo cesto o un cubo… según el aire que queráis darle al conjunto.

No sé que os ha parecido la idea de usar un vestido como kimono. Serviría cualquier vestido camisero, que sea recto y que tenga un poco de caída. Lo mismo da que sea estampado o liso, todos tienen muchas posibilidades, pero sí que es importante, que el protagonismo lo tenga el kimono, por eso, yo os recomendaría optar por combinarlo con prendas neutras.

Haced pruebas ¡y me contáis! Y las dudas o sugerencias ¡me las hacéis llegar!

Hasta ponto,

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“Esos” desayunos VII

Nuestro desayuno de hoy es muy sencillo, tiene un zumo de frutas y verduras, unos croissants rellenos y una infusión. A ver que os parece.

Lo más especial de hoy es el zumo que lleva manzana, fresa, tomate y remolacha. Ahora se entiende el color… Está muy bueno, por poner un pero, hay que decir que es un poquito espeso, si no os gusta esa sensación, podéis añadir naranja o pomelo -así de paso también coge un puntito de acidez, porque para quien no esté acostumbrado a la remolacha, resulta un poco dulzón-.

Para variar y no tomar siempre pan, hoy he elegido unos minicroissants. Estos son especiales para rellenar con salado porque no llevan por encima esa capita de almibar. Los he rellenado con pechuga de pavo y queso fresco,  y como cada día me gusta más el contraste del dulce con el salado he añadido una gotita de miel encima del queso.

En vez de té, he preparado una infusión de menta y regaliz, que no lleva teína y es muy fácil de tomar, hasta para quienes no disfrutan del té. Es de The Tea Shop y se llama Fresh Mint.

Ahora ¡a disfrutar!

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La soledad

Dicen que en este maravilloso cuadro, Vincent Van Gogh quiso reflejar la soledad. Mostrar esa sensación de sentirse diferente al resto. El es el lirio blanco entre el resto de lirios violetas. (Campo de lirios. 1889)

La idea de escribir este post surgió después de una conversación con una personita de 14 años que me dijo, con toda naturalidad, que a ella le gusta la soledad. A partir de esta afirmación tan rotunda, empecé a pensar…

Yo misma nunca he considerado la soledad en si misma como algo malo, al contrario soy una defensora de la soledad cuando ésta se elige. Quizá el estilo de vida que llevamos, que nos “obliga” a estar siempre rodeados de gente, me hace valorar más los momentos en los que puedo disfrutar de la soledad. Y ahí me surgen las dudas ¿Se puede “disfrutar” de la soledad? ¿Es lo mismo la soledad que estar solo? No es un tema sencillo. No es fácil tener criterio.

¿Cuántas veces hemos oído a personas decir que se sienten solas a pesar de estar rodeadas de gente? Muchas. Y al revés, ¿cuántas personas disfrutan estando solas, sin sentir soledad? También muchas. No hay reglas.

Por eso, cuando oigo que alguien insiste en acompañar a los demás para que no estén solos, me revelo un poco contra esa imposición de la compañía. Considero que es tan mala como la soledad no deseada. Una vez más volvemos a la idea de siempre: libertad y respeto. Cada persona es un mundo e incluso la misma persona puede cambiar su percepción de la soledad a lo largo de su vida. Me imagino que esta sensación se incrementa con el paso de los años, según vamos siendo más dependientes físicamente o cuando sufrimos la pérdida de amigos y familiares. Tenemos el mundo organizado de tal manera que no tenemos tiempo para acompañar y cuidar de nuestros seres más queridos. Creo que hace falta reflexionar sobre este asunto.

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Dicen que la soledad es la plaga del siglo XXI, he leído artículos fechados hace más de diez años que ya hablaban de ello. Hoy en día hablan del “drama” de la soledad, la califican de asesina silenciosa y se la considera un problema de salud pública, porque, lejos de lo que yo creía, no afecta solo al plano afectivo o emocional, sino que se la relaciona con varias enfermedades físicas. En muchos países ya se está trabajando en este asunto, en Reino Unido en vista del incremento de personas que declaran sentirse solas, se ha creado un Ministerio (Ministry for Loneliness) para gestionar este tema.

Vivimos en una sociedad en la que dejamos en manos de la familia, y solo de la familia, muchas cosas. Siempre somos los hijos o los nietos, los que acompañamos a nuestros padres al médico o a cualquier sitio que necesiten acudir y no puedan o no les apetezca hacerlo solos. Es muy raro que recurramos a los amigos, cuando en multitud de ocasiones son una compañía tan buena o mejor que la de los familiares. En este asunto, se juntan dos cosas: una especie de miedo o vergüenza a reconocer que los familiares no pueden cumplir con esa tarea y la sensación de que los amigos solo están para las cosas buenas. Tanto es así que cantidad de personas prefieren ir solas antes que solicitar la compañía de los amigos, cuando me consta, que la mayor parte están siempre dispuestos a ello. Yo lo estoy y creo que lo estaré en el futuro, y no me avergonzará pedirle a mis amigas que me acompañen cuando no quiera o no pueda ir sola a algún sitio. Del mismo modo creo que ellas sienten que pueden contar conmigo, no solo para tomar unas cañas y pasar buenos ratos, sino también para esos momentos menos buenos.

Creo que este cambio de mentalidad es muy necesario y aunque probablemente ya sea tarde para que la generación anterior lo asuma, si que está en nuestras manos que nuestro futuro en este aspecto, sea diferente y mejor.

Después de todo esto, he llegado a dos conclusiones. Primera que la SOLEDAD ES SENTIRSE SOLO y segunda, que no, en realidad no nos gusta la soledad, lo que nos gusta es pasar ratitos solas, pero sabiendo que tenemos a nuestro alrededor muchas personas que nos quieren y que están siempre dispuestas a ayudarnos y acompañarnos cuando queramos o necesitemos.

Hoy por ejemplo, es uno de esos días que toca compartir buenos momentos. Unas cañitas para celebrar el cumple de una de mis amigas. Zorionak Maite!

Hasta ponto,

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Las Parisinas

Como buena “amante de la moda” que soy, sigo algunos blogs y algunas cuentas de Instagram. Tampoco muchísimos, en cualquier caso, no tantos como me gustaría, principalmente por falta de tiempo, pero también porque como ya he comentado alguna otra vez, es difícil encontrar propuestas que me encajen, ya sea por físico, por edad o por presupuesto. Casualmente, de que entre los que sigo porque me gustan sus propuestas, hay varios cuyas autoras son parisinas. Me refiero por ejemplo a Sabina Socol y a Jeanne Damas.

Se da la circunstancia de que ninguna de las dos sobrepasa la treintena (en edad, precisamente ¡no coincidimos!), ambas tienen unos tipos estupendos (bueeenoooo…) y la ropa que llevan no siempre es low cost. ¿Por qué las sigo entonces? Porque visten con una sencillez encantadora. Es precisamente esa sencillez lo que hace que resulte fácil encontrar prendas parecidas en tiendas asequibles y también que sea fácil adaptar ese estilo a todas las edades y a casi todas las tallas. Sus propuestas son para mí una fuente continua de inspiración.

Esa característica es la que yo destacaría del estilo parisino, ese “menos es más” tan bien entendido, ese no complicarse la vida a la hora de vestir. Prendas simples, con cortes que favorecen a casi todas. El arte de estar guapas con un vaquero y un jersey de punto, con un vestido y unas alpargatas o de hacer que un cestito de mimbre resulte coqueto. Sencillez.

Prendas especiales por pequeños detalles: un desflecado en un pantalón, unos botones en una falda, una abertura estratégica, un volante en una chaqueta de punto…Eso sí, siempre evitando siluetas excesivamente ceñidas, estampados agresivos, colores estridentes o tacones imposibles. En resumen, un tipo de ropa que se adapta perfectamente a nuestra edad por su discreción, pero que a pesar de ser atemporal, puede adaptarse fácilmente a las tendencias usando los complementos o algunos  detalles sutiles, un estilo que nos permite ir “a la moda” y a la vez acorde a nuestras circunstancias personales.

Cuando empecé a escribir este post, vino a mi memoria la vez que en un viaje a Burdeos, encontré en una librería una guía titulada “Le parisienne” escrita por Ines de la Fressange, mi modelo favorita de todos los tiempos. Con tan solo echarla un vistazo ya quise tenerla, desafortunadamente estaba en francés, así que tuve que resignarme a esperar a que la tradujeran, si es que decidían hacerlo. Tuve suerte, en 2011 Random House Mondadori publicó La Parisina, guía de estilo de Ines de la Fressange. He releído esa guía y me ha sorprendido lo actual que sigue resultando. Han pasado más de ocho años desde que la escribió y todas las propuestas que hace pueden llevarse hoy perfectamente, de hecho, se siguen viendo a diario, tanto en bloggers como por la calle. Aquí os dejo una muestra.

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Siete son las prendas que considera imprescindibles en nuestro armario:

Un jersey azul marino

Una chaqueta masculina

Un trench

Una camiseta sin mangas

Un vestido negro

Una cazadora de cuero

Unos vaqueros.

¡Que levante la mano quien no las tenga todas o casi todas!

Estas prendas tan “fondo de armario”,  en varios colores y estilos y combinadas con unos complementos chulos ¡dan tanto juego! Mucho más del que nos podemos imaginar. La misma ropa cambia radicalmente solo con utilizar distintos zapatos o distinto bolso, o llevar un collar o un pañuelo concreto. ¡Cuánta importancia tienen los complementos! Se puede ir siempre a la moda con ropa clásica únicamente adoptando los complementos.

Pero lo que más me ha gustado de esta guía cuando la he releído (porque la primera vez que la leí era mas joven), ha sido esta sección:

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Qué pocos consejos de moda encuentro (y os prometo que busco ¿eh?) que se adecúen tanto a lo que pienso como estos. Muchas veces no se cómo conciliar el irrefutable hecho de que soy una cincuentañera con vestir de forma fresca y acorde a las tendencias actuales, y cómo distinguir cuáles de esas tendencias puedo seguir y cuáles debo evitar. La respuesta, para esta entendida, es así de sencilla:

“La parisina se mantiene al margen de las tendencias pero conoce lo que es trendy. El truco consiste en no seguir las corrientes al pie de la letra. Por ejemplo, si el estampado de pantera está en boga, la parisina no se equipa como si acabara de escaparse de un zoo. Un pañuelo pequeño con motivos animales le bastará para demostrar que tiene estilo y no forma parte de la manada”.

¡Voilá! Era eso. Qué fácil parece ¿verdad? Vamos a seguir intentándolo…

Hasta ponto,

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“Esos” desayunos VI

Hoy vamos a por un desayuno veggie. En todos los desayunos que hemos visto hasta ahora, había en mayor o menor medida, productos de origen animal. Hoy vamos a prescindir totalmente de ellos. Probablemente el desayuno sea la comida en la que más sencillo resulte no utilizar este tipo de productos.

Como vamos a prescindir del lácteo de origen animal, vamos a obtener el calcio de productos vegetales: de las espinacas (en el zumo) y de las semillas de sésamo (en la tostada).

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El zumo de hoy, es un zumo verde. Para elaborarlo he utilizado manzana, limón, pepino y espinacas. No lo juzguéis por el color, está realmente rico. También podéis añadir apio, yo no lo echo porque no me gusta, pero si queréis que tenga más poder detox, es una buena opción.

La tostada de pan integral, está hecha con hummus, tomate picadito y semillas de sésamo. El hummus lo he descubierto hace muy poco y os confieso que al principio…. me costó, pero poco a poco me he ido acostumbrando y ahora estoy encantada con la cantidad de propiedades que tiene este alimento tan sencillo. Yo lo compro preparado pero hay cantidad de recetas para hacerlo en casa. ¡Ah! También hay hummus de guisantes. ¡Buenísimo! Un día de estos igual intento hacerlo.

Para acompañar he preparado un té verde, el Earl-green special de Original Tea.

Ahora, ¡a disfrutar!

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Esa sensación de estar de moda

Hace algún tiempo que tengo la sensación de que estoy de moda. Me explico. Me he dado cuenta de que cosas que llevo haciendo desde hace años, sin darle mayor importancia y sin pensar ni ser consciente de que otras personas puedan también estar haciendo lo mismo o algo parecido, ahora se han convertido en corrientes o filosofías de vida, se habla continuamente de ello y se escriben artículos e ¡incluso libros!

En un momento concreto de mi vida, no recuerdo exactamente cuándo, me di cuenta de que el tiempo pasaba muy rápido, demasiado rápido. También comprobé que estaba siempre deseando que llegara el fin de semana y cuando por fin llegaba, pasaba casi sin enterarme. Lo mismo ocurría con las vacaciones, todo el año esperándolas y sin apenas darme cuenta se habían acabado. Y así, viendo que si solo disfrutaba dos días de cada siete y un mes de cada doce, estaba desaprovechando una parte importantísima de mi vida, de hecho, casi la mayor parte de ella, decidí que había que disfrutar todos los días.

Si sumamos las ocho horas de trabajo, las ocho que dormimos, más el tiempo que dedicamos a ir de un sitio a otro, compras, limpieza… no queda mucho tiempo para disfrutar, pero aún así, me propuse buscar cada día un ratito para estar tranquila o para hacer algo que me guste. Unos días madrugo un poco más y me tomo un café en mi cafetería favorita antes de ir a trabajar y después voy dando un paseo. Otros días al mediodía, en la hora de la comida, me voy al parque a leer o simplemente a estar un ratito al sol, o aprovecho para echar un vistacito a alguna tienda.

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También me propuse no estar de mal humor mientras realizo las tareas domésticas. Para ello pongo música y aprovecho que no se necesita excesiva concentración, para dedicar ese tiempo a pensar o planificar algunas cosas. Cuando cocino, procuro (no siempre con éxito, lo admito) imitar las escenas que vemos en las pelis en las que los protagonistas son inmensamente felices mientras cocinan y se toman un vinito… Pongo una vajilla bonita y de vez en cuando redecoro rinconcitos, cambiando los adornos, las plantas o las telas, para dar otro aire a la casa y que esté siempre bonita. A veces pienso que igual dedico demasiado tiempo a estas cosas, porque tampoco es que esté todo el día recibiendo visitas, pero he llegado a la conclusión de que lo hago por mí. Me gusta que las cosas estén bien y además me divierte hacerlo, con lo que consigo una doble satisfacción.

Bueno, pues todo esto que os he contado, que seguro que es algo que muchas de vosotras también hacéis, tiene nombre: HYGGE. Una corriente que nos ha llegado desde Dinamarca y que se puede decir que consiste en “buscar la felicidad en las pequeñas cosas”.

Si lo pensáis, es una muy buena idea, porque si basamos nuestra felicidad en cosas inalcanzables o difíciles de conseguir (que nos toque la lotería, poder dejar de trabajar, dar la vuelta al mundo…) nos estamos privando a nosotros mismos de ser felices. Tenemos que convencernos de que la felicidad se tiene a ratitos, y de que hay un montón de cosas sencillas, fáciles y a nuestro alcance que nos hacen disfrutar de la vida.

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Como dicen que los daneses son los más felices del mundo, me picó la curiosidad y compré el libro (HYGGE la felicidad en las pequeñas cosas, escrito por Meik Wiking y publicado por la Editorial Planeta) en busca de más fórmulas para encontrar, como yo los llamo, “ratitos chulos”. Básicamente lo que nos dice es que debemos participar activamente en el proceso, es decir, buscar el momento, decidir si queremos compartirlo con los demás o con nosotros mismos, crear un ambiente propicio para el disfrute, cuidar esas cosas sencillas que nos hacen sentir bien, evitar todo aquello que rompa la armonía, ponerse cómodo, hacer las cosas que nos gusten y sobre todo ser conscientes de la satisfacción que nos producen.

Como veis, ¡nada que muchos no llevemos tiempo haciendo! Pero sí me gustaría resaltar el hecho de hay que procurar ser conscientes, tenemos que decírnoslo a nosotros mismos, para que esos buenos momentos se nos graben y podamos volver a ellos, como cuando miramos un álbum de fotos.

Algo parecido me ha ocurrido con el NESTING (del inglés nest = nido), que no es ni más ni menos que quedarse los fines de semana en casa. Resulta que lo que es mi mayor afición y anhelo, ahora además, es estupendo para reducir la ansiedad y para estimular el cerebro. ¡Vaya suerte!

Nunca he sido de esas personas que están deseando que llegue el fin de semana para marcharse de viaje o cuya mayor afición es estar fuera de casa todo el tiempo posible (sobre todo por la noche…).  Por eso me cuesta mucho entender por qué cuando los lunes te preguntan qué has hecho el fin de semana y  les contestas que te has quedado en casa tranquila te miran con “esa” mezcla de asombro y lástima. ¡Es que a mí me encanta estar en casa! No todo el tiempo, por supuesto, pero me gusta disfrutar de lo que me ofrece mi casa: tranquilidad, confort, descanso, lectura, escritura, manualidades… No sé si será porque paso diariamente doce horas fuera, pero el tiempo que estoy en casa me sabe a poco. Y no os voy a negar que me encanta tomarme un café o un vinito por ahí, pero esas tardes de domingo (sobre todo en invierno), en casa, haciendo ese millón de cosas que no puedo hacer durante la semana ¡me saben a gloria! Y parece que no soy la única, porque han llegado a poner nombre a esta afición, un nombre bastante chic, por cierto. Antes éramos unas “moñas” ahora, practicamos el nesting.

Hasta ponto,

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