¿Saldrá algo bueno de todo esto?

Leí hace unas semanas en el IG de una escritora a la que sigo (Patricia Benito) que lo malo de esta crisis es que para que se solucione tenemos que pensar más en los demás que en nosotros mismos. Fue entonces cuando empezó mi preocupación.

Reconozco que me costó tomar conciencia de la dimensión de lo que se nos venía encima. No sé si por mi naturaleza tranquila, porque no tengo ninguna tendencia al drama o porque tenía fresco en mi memoria lo ocurrido con la gripe A, lo cierto es que hasta que no se empezó con el “quédate en casa”, me costó situarme. Ahora bien, desde ese momento me lo he tomado absolutamente en serio, cumpliendo con lo que considero que es mi obligación como persona, cuidarme por mí y por los demás, con responsabilidad y por solidaridad, más allá de las prohibiciones, sin trampas. No me ha resultado difícil, me ha bastado pensar en la cantidad de personas que hubieran querido poder quedarse en sus casas, seguros y protegidos y no han podido. Afortunadamente, la inmensa mayoría hemos hecho lo mismo, a pesar de las consecuencias, en algunos casos gravísimas, que todo esto está teniendo.

Volviendo a lo que decía al principio, a todos nos resulta muy difícil pensar en los demás más que en nosotros mismos, más aún es situaciones de este tipo, por eso hay quien desoye los consejos, incumple las normas, busca culpables, critica, juzga, intenta desestabilizar, porque en el fondo solo piensan en ellos. Frente a estos, está siendo impresionante y emocionante la solidaridad de tanta gente, personas sencillas y anónimas que están ayudando y aportando, cada uno como puede y en la mayoría de los casos sin esperar nada a cambio, intentando sumar. Siempre, en todo tipo de situaciones hay personas que son la excepción de la regla, pero por suerte, son pocas.

Todavía hoy, después de llevar 21 días sin salir de casa, me cuesta creer que realmente estemos viviendo esto. Cada día me despierto con esa sensación de que he tenido un sueño y nada de lo que ocurre es cierto.

El confinamiento no me está resultando especialmente duro, me he adaptado bien, me ha gustado mucho la experiencia de trabajar desde casa, organizando mi jornada en función de las necesidades, el tiempo me cunde más por el hecho de no tener que desplazarme al trabajo y de no tardar lo mismo que antes a prepararme. Mucho de ese tiempo lo estoy dedicando, como imaginaréis, a leer pero también estoy más pendiente que antes a las redes sociales. Una parte viene un poco forzada por los grupos de whatsapp del trabajo, pero reconozco que otra parte es totalmente voluntaria. Me imagino que igual que yo estaréis viendo montones de videos, memes y tutoriales. Cada uno, en la medida de sus posibilidades, intenta aportar algo, para que los días nos resulten más entretenidos, unos nos dan recetas, otros tablas de ejercicios, nos recomiendan libros y series, se trata de que este tiempo no sea perdido, que podamos hacer esas cosas que teníamos pendientes o aprender otras nuevas, en definitiva sacar provecho de una situación mala. También por eso, muchos están siendo criticados. Pero dicho esto, me causa un poco de inquietud, la cantidad de bromas, chistes y parodias que llegan por todos lados. Digo inquietud porque, aunque considero que mantener una actitud positiva y conservar el sentido del humor es vital en cualquier situación, mucho más en situaciones tan dramáticas como la que estamos viviendo, no debemos olvidar que hay personas fallecidas, muchas, personas enfermas, muchas más y personas que están trabajando muy duro y en unas condiciones muy difíciles para intentar que esto acabe cuanto antes y de la mejor manera posible. Por eso me parece que no todo vale, que no todo es gracioso y que muchas cosas no son ni siquiera respetuosas.

Pero lo que más pena me da, es la facilidad con la que se pasa de hablar de número de fallecidos a hablar de millones de pérdidas. Estamos preocupados por la crisis sanitaria, sí, muy preocupados, pero no dejan de hablarnos de la crisis económica. Sé que es inevitable, en este mundo que nos ha tocado vivir, todo se mide con dinero, pero… ¿no es muy triste? ¿Ni siquiera en estos casos van a ser prioritarias las personas? Leía el otro día en un artículo que hay gobiernos que cuentan el número de muertos con menos dolor que el número de parados…

He tenido la posibilidad de pensar mucho y observar durante este tiempo y me he dado cuenta de que las crisis, como siempre hemos visto en las películas sobre catástrofes, saca lo mejor de los buenos y lo peor de los malos.

Nos dicen por todos los lados que de esta pandemia va a salir algo bueno, que vamos a aprender muchas cosas, sacar muchas conclusiones, que todo ocurre por alguna razón, que después de esto la vida no va a ser igual. ¿Estáis seguros de eso? ¡Ojalá! Hablaremos de ello cuando esto acabe, que va a acabar ¡no lo dudéis!

Hasta pronto,

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Profesiones y futuros

Comienza un nuevo curso e inevitablemente, surgen siempre las mismas conversaciones sobre nuestros hijos, los estudios y su futuro. Me contaba el otro día mi peluquera que en una de esas charlas, le habían comentado que igual su hija cuando creciera decidía ser peluquera como ella. Por el tono que empleó al contármelo deduje que no le había gustado mucho el comentario. Me explicaba que a ella no le importaría en absoluto que su hija fuera peluquera o cualquier otra cosa que le guste en el futuro. Que no se consideraba mejor o peor persona por su profesión, y que creía que poder dedicarse a lo que le gusta es algo que también debe valorarse, tanto o más que otras muchas cosas que son más apreciadas.

Es curioso que, a pesar de que pasan los años y de que nos consideramos cada vez más libres de prejuicios, este tipo de conversaciones, lejos de desaparecer, siguen estando muy presentes, y es más curioso todavía, el cambio de actitud que se produce con el paso de los años. Cuando los niños son pequeños, todos somos muy openminded y nos da igual lo que vayan a estudiar incluso, si van a estudiar o no, nos mostramos muy despreocupados y todos queremos, sobre todo, que sean felices. Sin embargo, cuando crecen y nos comunican su decisión… la cosa cambia.

Me llama la atención la cantidad de prejuicios que seguimos teniendo con respecto a las profesiones. Seguimos considerando que la profesión nos define, seguimos pensando que hay profesiones para listos y para menos listos, profesiones distinguidas y profesiones vulgares, para ricos y para pobres y siempre queremos que nuestros hijos estudien una “buena carrera”, porque creemos que les va a garantizar un “buen trabajo”, que generalmente consideramos que es aquel que tiene un “buen salario”. De esa manera creemos que van a tener una “buena vida”. De sobra sabemos que eso no es así, y ahora más que nunca, lo estamos comprobando.

En primer lugar, debemos quitarnos de la cabeza la tendencia que tenemos a asociar el nivel cultural de las personas con el nivel de estudios que hayan cursado. Sabemos que no siempre es así. Todos hemos tenido en alguna ocasión la posibilidad de leer informes médicos o jurídicos y de escuchar a profesionales en los medios de comunicación que tienen una gramática manifiestamente mejorable, unas faltas ortográficas espantosas y unos conocimientos muy limitados, normalmente ceñidos únicamente a su ámbito. Y también en cantidad de ocasiones hemos visto y oído a personas con mucha sabiduría que no han pisado una Universidad. Quien tenga curiosidad y ganas de aprender lo va a hacer de una manera u otra, en un momento o en otro.

En segundo lugar, debemos asumir e incluso celebrar, que todas las profesiones son necesarias, no se entendería el mundo sin ninguna de ellas. Si me pongo de ejemplo, en mi día a día, me rodean más personas no universitarias, que universitarias. Y personalmente, me hace muy feliz el rato que paso charlando con mi peluquera (mi pelo no sería el mismo sin su destreza), me gusta que las calles estén limpias y que el dependiente de la librería me aconseje un libro. Necesito que me reparen el coche cuando se me estropea y probablemente dentro de unos años (muchos, espero) alguien se encargará de cuidarme y yo estaré muy agradecida porque decidió dedicarse a cuidar de los demás.

Creo que es hora de que dejemos de dividir el mundo nosotros mismos. Que nos valoremos como personas, más que como profesionales. Este tipo de actitudes, de distinciones, no ayudan a que la sociedad mejore. Dejemos que los jóvenes elijan lo que les guste, unos querrán ser ingenieros y tendrán la capacidad para conseguirlo, otros se quedarán en el camino, pero lo habrán intentado y buscarán otra alternativa. Otros, saben desde hace mucho que no les gusta estudiar y que su felicidad está en otra parte. Son jóvenes, que elijan y sigan su camino, que se formen en lo que les guste con ilusión y entusiasmo, y si las cosas no salen como esperan, tiempo tendrán después de dedicarse a lo que puedan, como han hecho tantos antes y como harán otros tantos después… pero no les quitemos las ganas de intentarlo en aras a “asegurarse” el futuro.

Todos sabemos que un buen trabajo no es sólo el que tiene un gran salario, un buen trabajo es el que te hace feliz, el que te permite desarrollar tus capacidades o tu vocación, sea la que sea. Muchas veces no son trabajos bien remunerados, pero el dinero no puede comprarlo todo, otras veces no tendrán todo el reconocimiento que se merecen, pero en nuestras manos está que eso cambie, empezando por nosotros mismos. Un tercio de nuestra vida lo vamos a pasar en el trabajo, merece la pena intentar que sea el que queremos. Al menos, eso creo.

Hasta pronto,

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