LO QUE APRENDÍ DEL AÑO PASADO …

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Lettering de Pen & Paper by Rosette

En el post que dediqué al año 2019 aquí decía que sufrimos la tendencia a olvidarnos del año que estamos viviendo para adentrarnos demasiado pronto en el año que está por venir y animaba a hacer balance y reflexionar sobre lo vivido.

Si todos los años nos ocurre esto, imaginaos este año, maldito, que hemos terminado… Estábamos todos deseando que terminara, con razón, aunque por desgracia, su maldición y lo que es peor, sus consecuencias, siguen con nosotros. Esperemos que por no mucho más tiempo.

Sin embargo, no debemos permitir que esta especial circunstancia nos impida aprender y sacar conclusiones como todos los años. Yo he llegado a unas cuantas y he de confesar que no todas son buenas, porque esta situación que estamos viviendo, tan dura y tan diferente en todos los sentidos, ha sacado a relucir lo mejor de algunos y lo peor de otros, pero muchas veces, lo mejor y lo peor de cada uno. Esperaré a que todo esto termine para hablar con calma sobre lo que me enseñó la pandemia.

He leído varios artículos y columnas en las que se valora y analiza el año. Todas han sido muy ilustrativas, algunas realmente enriquecedoras, en muchas de las valoraciones y conclusiones que he leído, me he visto tan identificada que incluso me las he “apropiado”, porque siempre intento aprender de las experiencias de los demás.

Uno de los escritores que hacen un análisis de cada año es Javier Aznar (ya os he hablado de él más veces), suele escribir una columna que se titula “lo que el año pasado me enseñó”. La primera que leí se refería al año 2017, pero bien podría valer para cualquier año. Me gustó tanto (como todo lo que publica) que, siguiendo uno de sus consejos “comparte lo que lees” os reproduzco textualmente su lista:

* Sé como los relojes buenos: sencillo por fuera, complejo por dentro

* En caso de duda, pide siempre la pizza que lleva el nombre del local

* No hay mayor muestra de dejadez que arrastrar la silla al levantarse

* Las toallas lijosas son las que mejor secan (a veces lo que pica es más útil que lo suave)

* Los números absolutos no dicen nada por si solos; se puede comer caro por 9 euros y barato por 200

* Es imposible agradar a todo el mundo (ni aunque seas un plato de macarrones con queso)

* Jamás discutas con un hermano por dinero

* Nunca pidas el pescado del día en Formentera (ni en ningún sitio, añado yo) sin preguntar antes el precio

* El dinero siempre puede volver; el tiempo y la reputación, no

* No critiques a una tercera persona en un mail o por Whatsapp (es muy posible que te confundas y se lo acabes mandando precisamente a esa persona porque el karma nunca duerme)

* Todo el mundo dice que cobra más que tú, encuentra los billetes de avión más baratos que tú y es un 25% más feliz que tú; también mienten más que tú

* En serio, no corras por el borde de la piscina

* Trabajar mucho no es lo mismo que trabajar duro

* Aléjate de cierta geometría: triángulos amorosos, círculos viciosos y cabezas cuadradas

* La ropa buena no necesita logos

* El Kindle y el libro tradicional no son bienes sustitutivos, sino perfectamente complementarios

* Nunca seas el pesado que pregunta si la máquina del gimnasio está libre cuando otro la está usando

* La mejor relación posible con un vecino es la inexistente

* No hay crisis que no se pueda solucionar con ocho horas seguidas de trabajo

* Si te vas a comparar, que sea siempre con los mejores

* Los secretos (de verdad), ni al espejo

* Perdonar no es lo mismo que olvidar

* No se llama buena memoria, se llama poner interés.

Esta última me gusta especialmente… y es aplicable no solo para la memoria, sino para  montones de cosas que algunas personas creen que a los demás les son innatas, ignorando, no sé si siempre involuntariamente, que para casi todo se necesita tiempo y esfuerzo, tanto más cuanto mejor resultado queramos obtener. No estaría de más apreciarlo y agradecerlo.

No tengo el talento para escribir que poseen todos los autores a los que he leído, ni su fino sentido del humor, ¡ya me gustaría! si así fuera quizá me atrevería a contaros lo que me enseñó el año pasado, mientras tanto, me limitaré a compartir con vosotros lo que aprendieron los demás, igual no os sirve como a mí, pero seguro que sí pasáis un buen rato.

Hasta pronto,

¡Grita!

Hacía mucho que no escribía, a veces me pasa. No encuentro el momento o las ganas, no tengo una idea o un tema sobre el que escribir, pero de repente, algo que leo, algo que me cuentan o que ocurre me impacta, me hace pensar o reflexionar y al final surge un tema sobre el que escribir. Esta vez ha sido el fallecimiento de Pau Donés.

No deja de resultarme paradójico que después de varios meses en los que la primera noticia de todos los telediarios y la portada de todos los periódicos ha sido el número de fallecidos, sea precisamente un fallecimiento concreto el que me haya “tocado” de esa manera. Podría parecer que unas personas son más importantes que otras o que unas vidas valen más que otras, nada más lejos de la realidad ni de mis sentimientos. Simplemente, algunos fallecimientos impresionan más que otros y el de Pau Donés me ha impresionado mucho. ¿Por qué? No lo sé muy bien.

Siempre me ha gustado mucho su música, me he visto reflejada en algunas de sus canciones, otras me han hecho mucha compañía y unas cuantas, me hubiera gustado que alguien las hubiera escrito pensando en mí. ¡Hay que querer mucho para escribir cosas tan bonitas!

Cómo quieres ser mi amiga, si por ti daría la vida

Si confundo tu sonrisa, con camelos si me miras…

(Agua)

Tengo que decirte que el día en que te fuiste

se encendieron las farolas que alumbraban el camino

para que pudieras volver…

(Solo quiero decirte adiós)

Y no me sonrojo si te digo que te quiero, y te digo que te quiero

(El lado oscuro)

Pero más allá de su faceta de músico, me ha impactado mucho su actitud ante la enfermedad. Ya sé que no es el único enfermo que hemos conocido ¡ojalá! por desgracia son muchos los que han recorrido el mismo camino, unos con más suerte que otros, pero sí ha sido el único al que no le he oído utilizar la expresión de luchar contra el cáncer. Y me gustó esa forma de verlo, porque muchas veces tengo la sensación de que a los enfermos les exigimos que luchen, que peleen, que no se dejen vencer… Es como si su destino estuviera en sus manos, que su curación dependiera de su lucha, de su esfuerzo. Nadie habla de luchar contra otras enfermedades ¿por qué el cáncer debe ser diferente?

Me ha gustado su humildad, su positividad, la naturalidad con que ha tratado el tema y la manera en que ha transmitido que el cáncer estaba ahí, que siempre iba a estar y que tenía que aprender a convivir con él y tratarlo cada vez que éste apareciera. Tiene mucho mérito desdramatizar algo que es de por sí dramático y sobre todo muy cruel, y tratar de ver el lado bueno.

También me ha conmovido, y hasta me ha dado un poco de envidia, que su amor por la música le haya hecho trabajar hasta el final y que se haya despedido de todos nosotros cantando. Ese derecho a mantenerse activo a pesar de la enfermedad, es algo que también ha defendido, frente a los que creen que la vida debe focalizarse en la enfermedad cuando ésta llega.

En breve se estrenará un documental, realizado por su amigo Jordi Évole, en el que conversan solo unos días antes de su fallecimiento. El autor dice que es un canto a la vida. Todavía no tengo decidido si verlo, se que no resultará fácil, pero estoy casi segura de que me va a venir bien, creo que si no lo viera, me arrepentiría.

He titulado este post “grita” porque es una de las canciones de Jarabe de Palo que más me gusta, cuando decía antes que en algunas me he visto reflejada, me refería a ésta, es una canción que me hizo muy bien en unos momentos en los no estaba yo en “plena forma” y esa frase “y si quieres más, pues, grita” se ha quedado siempre conmigo y es una de las que más uso.

Tengo una costumbre que molesta mucho a mis hijas, a veces contesto a sus preguntas con letras de canciones -han llegado a creer que tengo una canción para cada cosa…- una de las más recurrentes es “¡depende!” y a partir de ahora, creo que “eso que tú me das…” va a ser otra.

Hasta pronto,

Mujeres

El otro día, un compañero de trabajo se sorprendió porque dije que no me gustaba el morado: “¡Si es vuestro color!”, me dijo.

Soy mujer, es algo que no he elegido, por lo tanto no considero que este simple hecho deba considerarse algo digno de orgullo, lo mismo que tampoco lo consideraría digno de vergüenza. Es un hecho objetivo, totalmente ajeno a mi voluntad y sin ningún mérito por mi parte. Será que siempre me enseñaron a sentirme orgullosa de mis propios logros y no por algo que me venga dado o en lo que no haya participado, pero nacer con un determinado género, lo mismo que hacerlo en una familia concreta o en un país en vez de en otro, son hechos fortuitos y en mi caso concreto creo que lo que debo sentirme es, agradecida.

Dicho todo esto, si hubiera podido elegir mi género, ¿habría elegido ser mujer? ¡Sí, sin ninguna duda! Me gusta ser mujer. A pesar de los hándicaps con los que te encuentras por el simple hecho de ser mujer, a pesar de que, le pese a quien le pese, tengamos muchas más dificultades y nos encontremos con más piedras en el camino, elegiría ser mujer.

Cada año, en torno al 8 de Marzo, el tema del feminismo cobra protagonismo y en esto, como en taaaaaaantas otras cosas, hemos pasado de un extremo al otro, de la nada al todo. Hace no tanto, las poquísimas mujeres que se declaraban abiertamente feministas, estaban estigmatizadas, ahora sin embargo, son las que confiesan no sentirse feministas las que son cuestionadas y señaladas.

A este respecto, la primera pregunta que me surge es: ¿se puede ser mujer y no ser feminista? La respuesta dependerá de lo que cada persona entienda por feminista. En mi caso lo tengo claro: ser feminista significa entender y defender que hombres y mujeres tienen los mismos derechos y obligaciones. ¡Ni más, ni menos! Significa que nadie tenga ninguna dificultad para desarrollar su actividad, hobby o cualquier cosa que pretenda por el hecho de tener un determinado género, que pueda vivir su vida libremente y desarrollarse como persona más allá del genero al que pertenezca. Dicho así, entiendo que es muy difícil ser mujer y no ser feminista, ¿no?

Creo que el tema de la igualdad lo tenemos claro, por lo menos está en boca de muchísimas personas, ahora bien, partiendo de este punto: quiero y busco la igualdad, por lo tanto soy feminista, parece que existe un gran abanico de posibilidades y que la palabra feminista se queda corta, hay que pertenecer a un grupo concreto de feministas. Pero… ¿Quién decide quién es feminista y quién no? ¿Existe algún manual de la “buena feminista”? ¿Quién lo ha escrito? ¿Hay una escala de feminismo?¿Cómo se asciende por ella? No quiero resultar sarcástica, pero cada año por estas fechas, veo, leo y oigo cosas que a veces me superan.

Tengo 53 años, llevo trabajando desde los 22, nunca en mi vida he dependido ni económica ni afectivamente de nadie, hombre o mujer, realizo las tareas domésticas, pero también se me da bien el bricolaje, nunca he considerado una carga cuidar de mis hijas –yo decidí ser madre-, no compartí el permiso de maternidad, ni lo compartiría si volviera a ser madre, aunque éste durase 60 semanas -creo que me lo merecía tras pasar por los embarazos, los partos y lactancias- y además la posibilidad de pasar ese tiempo con mis hijas me parecía un regalo. Cuido mi imagen, me maquillo, me tiño el pelo y me depilo, porque así lo quiero YO. Nunca he permitido que nadie decida por mí, ni tengo intención de hacerlo ahora.

No quiero polemizar, nunca me ha gustado la polémica, pero sí quiero decir que la lucha por la igualdad es muy seria y muy dura, llevamos muchos años en ella y por desgracia creo que aún nos quedan muchos. Lo que necesitamos la mujeres no es ser “tuteladas” por otras mujeres, sino unirnos y luchar unidas, porque sí, juntas somos más fuertes. Y tenemos que hacer que esta batalla no sea solo nuestra, necesitamos a los hombres, hacerles ver que esta lucha sigue siendo necesaria y que tienen que ser parte de ella, que sientan que como personas tienen la obligación de hacer que el mundo sea mejor para sus hijas, sus hermanas, sus madres y sus parejas. ¡Y esto no se consigue sin igualdad! Un mundo sin igualdad de derechos y de oportunidades siempre va a ser un mundo injusto, y la erradicación de la injusticia, es cosa de todos.

Celebremos hoy el día internacional de la mujer, sigamos dando pasos en esta dirección y evitemos los frentes, respetemos a todas las mujeres, también a las que piensan distinto y eduquemos a las nuevas generaciones en igualdad y en libertad.

Habrá quien no lo vea así, yo lo tengo muy claro, hace tiempo que decidí aportar, porque soy libre y sí, ¡soy feminista!

Hasta pronto

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Un día sin móvil

Leía el otro día en un artículo sobre protocolo, que en clubes y restaurantes, cada vez con más frecuencia, cuando te indican cual es tu mesa te piden el móvil, lo identifican con una ficha como si fuera un abrigo y lo confiscan hasta que abandonas el local.

Hace un tiempo me dejé el móvil en casa. No era la primera vez que me pasaba, pero sí la primera vez que no podía volver a por él. Cuando lo eché en falta, mi primera sensación fue la de pánico. Una de mis hijas estaba de viaje y casualmente ese día yo no iba directa al trabajo, lo que suponía que iba a estar “incomunicada” varias horas. Suele ser habitual en mí quedarme sin batería, pero siempre tengo la posibilidad de avisar antes de que se me apague y generalmente suele ser ya por la tarde, cuando queda muy poco para llegar a casa, pero esta vez, no, esta vez me encontraba en esa situación a primera hora de la mañana y sola. Me asaltaron los miedos de siempre: ¿y si me tienen que localizar para algo urgente? ¿y si se piensan que me ha ocurrido algo a mí porque no contesto? ¿cómo les aviso de que estoy sin móvil? Preguntas y más preguntas. Como no había ninguna posibilidad de cambiar la situación, decidí dejar de dramatizar. ¡He pasado más de media vida sin móvil y nunca he tenido ningún problema por ello! No creo que en unas horas pase nada. Calma.

Lo cierto que ese día sin móvil, bueno fueron unas 12 horas, me acabó gustando, me despreocupé de tener que silenciarlo en la consulta del médico, no tuve que abrir y cerrar el bolso cada vez que éste sonaba o vibraba, aproveché el viaje en el metro para pensar en algunas cosas que tenía pendientes en vez de curiosear Instagram… Y en cuanto a mis preocupaciones, tan pronto como llegué al trabajo avisé de que estaba sin móvil, cosa que ya se habían imaginado, de hecho, al segundo whatsapp sin el doble tic azul, mi hija escribió a su hermana: “para variar ama está sin teléfono, si necesitas algo escríbeme a mí”, nadie pensó que me hubiera pasado nada y afortunadamente nadie tuvo que localizarme para nada urgente. Cuando llegué a casa, en el teléfono solo había una llamada perdida (de mi marido) y los dos whatsapp mencionados.

Siempre hablamos de los móviles, de lo imprescindibles que se han vuelto, alabamos la cantidad de cosas que hacemos con ellos (casi todo menos llamar…), se usan de agenda, de archivo, de despertador, ya no memorizamos nada, ni números de teléfono, ni citas, ni cumpleaños, hemos sustituido muchas llamadas por mensajes, postales de cumpleaños o de Navidad por whatsapps. Confesamos que no sabríamos vivir sin ellos, de hecho si se nos rompe o lo perdemos, corremos a comprar otro a pesar del desembolso que eso nos supone.

Pero por otro lado, reconocemos que estamos enganchados, que sin el móvil nos sentimos intranquilos, incomunicados.  En los telediarios aparecen muy a menudo noticias sobre cuántas veces al día miramos el teléfono, cuánto tiempo estamos sin comprobar los mensajes, los likes… Yo no estoy segura de que sea para tanto, no se si trata de dependencia realmente, pero si que reconozco que nos hemos puesto un poquito pesados con los móviles, ya se que es un entretenimiento y que lo usamos para leer o para ver videos o escuchar podcasts, pero aunque hagamos un “buen uso de él”, lo cierto es que tiende a aislarnos un poco de lo que tienes alrededor. Aunque en su defensa también he de decir que en un porcentaje alto de casos, el móvil ha venido a sustituir a los libros o a los periódicos, los cuales también, por lo menos en mi caso, también me aíslan del resto del mundo.

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Publicada en la cuenta de IG Historyphotographed, os recomiendo que la echéis un vistazo, es muy interesante, a mí me encanta, la sigo desde hace bastante tiempo, publica unas fotos muy curiosas que son trocitos de historia.

Según escribo esto, me viene a la memoria una anécdota que le ocurrió a una amiga, lectora empedernida, que siempre aprovechaba el viaje en tren entre su casa y el trabajo para leer. Hasta tal punto se metía en la historia que una vez, se le acercó un empleado y le dijo: “Señora tiene que bajar del tren”, mi amiga sorprendida le preguntó: “¿Por qué? ¿Ya hemos llegado?” a lo que el empleado le contestó: “No, pero el tren ha descarrillado y hay que bajar”.

Un poquito aislada también iba, ¿no os parece?

Hasta pronto,

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El amor está sobrevalorado

Me gusta mucho San Valentín, lo confieso abiertamente. No me afectan las críticas de los que lo tachan de ser un día dedicado al consumo y me da igual que algunos digan que es un invento del Corte Inglés, creo que es bueno que, por lo menos una día al año, lo dediquemos a pensar en el amor. Me consta que más de un enfado se ha terminado ese día y no pocas parejas se han reconciliado en San Valentín, así que aunque sea solo por eso, ya merece ser celebrado.

No os penséis que soy una romántica empedernida, ni una de esas personas que lo llena todo de corazones, pero el 14 de febrero me parece un día especial. Siempre pongo algún recorte o alguna pegatina relativa a este día en la agenda y me gusta felicitar a mis amigas o a mis compañeros de trabajo. Huelga decir que me gusta hacer y recibir algún regalito. Es uno de esos días diferentes que me “obligan” a salir un poco de la rutina.

Ahora bien, dicho todo esto, también quiero decir que en mi opinión el amor, el amor de pareja, el amor romántico como algunos lo califican para distinguirlo de otros tipos de amor, está sobrevalorado. ¡Ahí va lo que he dicho!

Me explico. No quiero decir con esto que el amor no sea maravilloso, no discuto lo bonito que es querer y que te quieran ¡siempre que sea recíproco, claro! El amor unidireccional duele, aunque no tengo claro qué es peor, si amar y que no te amen o ser amado sin que tu sientas lo mismo. A lo que me refiero es a los “superpoderes” que algunos se empeñan en adjudicarle al amor, a esa falsa creencia de que el amor lo puede todo, a esa afirmación de que si hay amor todo lo demás se supera, a esa sentencia de que “lo importante es que os queráis” y a esa manía de hacernos creer que el amor es suficiente.

¡Pues no, el amor no es suficiente! Es maravilloso, sí, pero no es capaz de todo, de hecho, yo creo que es capaz de muy pocas cosas.

Dando vueltas a esta idea, me vino a la cabeza una anécdota de cuando era adolescente. En aquella época en la que empezábamos a conocer el amor, las relaciones de pareja no eran como ahora. El noviazgo duraba hasta que podían casarse y una vez casados iniciaban la convivencia, no era habitual que hubiera una convivencia previa al matrimonio, solo algunos adelantados a su época lo hacían. Recuerdo que mi mejor amiga de entonces siempre decía que ella antes de casarse quería convivir un tiempo. Contaba horrorizada la posibilidad de que una vez casada descubriera, por ejemplo, que no soportaba ver a su marido lavarse los dientes. A nosotras aquello nos resultaba divertido: “¡que tontería!” le decíamos. Creíamos que cuando estás enamorada eso no importa y aunque importara, era sencillo evitar esa situación: “¡Te vas al otro baño!”

Mi preocupación sin embargo era otra. Mi miedo era enamorarme de la persona equivocada. Con equivocada no quería decir una mala persona o una persona complicada o que no supiera quererme, me refería a una persona con la que no encajara. Alguien con distintas costumbres, con distinta ideología, con distintas aficiones, una persona con la que fuera incompatible. Y a mí también me decían lo mismo: “Lo importante es que te quiera mucho”.

Cuento esta anécdota porque con el paso de los años he ido descubriendo que ninguna de las dos preocupaciones era una tontería.

¿Os habéis parado a pensar en que hay personas que comparten piso durante años sin grandes problemas y sin embargo muchísimas parejas no superan la convivencia?  Es algo que siempre me ha llamado la atención, lo mismo que esas amistades que duran toda la vida y se fortalecen con el paso del tiempo mientras que las parejas por lo general se resienten mucho antes.

He pensado mucho sobre esto y he llegado a la conclusión de que la razón de esto es que la amistad normalmente surge de la compatibilidad, de la afinidad, de compartir cosas, momentos… El amor, sin embargo, es otra cosa, muchas veces también surge de la afinidad, pero otras no se sabe muy bien porqué surge, pero surge y te enamoras de quien te enamoras, y te enamoras mucho, y darías la vida por esa persona, pero a veces… ¡“no soportas como se lava los dientes”!

Si hacemos caso de esas cosas que siempre hemos oído sobre el amor, dudamos y hasta nos sentimos culpables ¿será que no amo lo suficiente? No, nada de eso, lo único que ocurre es que el amor no lo arregla todo, por mucho que quieras y requieras la cosa no cambia y entonces, una vez comprobado que es otra de las cosas que se empeñan en hacernos creer, y que lo que no arreglemos nosotros nadie lo va a arreglar, toca decidir si a pesar de todo nos merece la pena y nos compensa, y si la respuesta es sí, pues…  ¡“irte al otro baño”!

Siempre habrá quien nos diga, sobre todo esas personas que se jactan de no celebrar el 14 de Febrero porque para ellos San Valentín es todos los días del año, que si no lo puede todo, entonces no es amor, pero… ¿quién define el amor?

Hasta pronto,

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Foto: Portada del libro “Three more novels of Ronald Firbank” realizada por Andy Warhol

Prejuicios

Escribo este post para aliviar mi conciencia. Es un poco como esas veces que necesitas verbalizar un hecho para quitar esa sensación de culpa… Parece que si se lo cuentas a alguien te sientes un poco menos culpable, como una especie de confesión.

Desde que la ley de la oferta y la demanda fuera tácitamente nombrada la única ley que debe regir cualquier tipo de relación, sea o no comercial, ocurre que la misma habitación del mismo hotel puede llegar a triplicar su precio a nada que en la ciudad en la que pretendes alojarte se celebre alguna feria, congreso o evento. Ya no se trata de que sea o no temporada alta, qué tiempos aquellos…. se trata de lo que ocurra ese día concreto.

Una consecuencia de esto, es que las que no siempre viajamos por placer y nunca con presupuesto ilimitado, nos enfrentamos a eternas búsquedas a la caza de un hotel en buenas condiciones y a un precio razonable.

En estas andaba yo una noche, casi desesperada porque no encontraba nada que encajara en mis parámetros, cuando de repente se apareció ante mis ojos un hotel en pleno barrio de las letras, con muy buena pinta, una decoración muy especial y a un precio bastante ajustado. Después de  leer varios comentarios, para descartar que  hubiera gato encerrado, me decidí a reservarlo.

Tanto me había gustado la estética del hotel que al día siguiente les enseñé las fotos a mis hijas. Cuál fue mi sorpresa cuando me di cuenta de que en varias de las fotos aparecían chicos estupendos ligeros de ropa… Sí, era un hotel gay. Cuando entré en la web propia del hotel y confirmé que así era, mi primera intención fue cancelar la reserva.

De ahí mi desasosiego. Yo que siempre me he considerado una persona abierta y libre de prejuicios, tuve una reacción propia de una persona prejuiciosa. ¡Qué vergüenza!

En mi defensa he de decir que fue un momento muy breve, en el transcurso de una conversación de 10 segundos conmigo misma en la que me pregunté: ¿cancelo? y me respondí: ¿no, verdad? ¿Por qué iba a hacerlo?

La única razón para ello hubiera sido que mi presencia no fuera bien recibida, entonces sí que habría cambiado de hotel, pero este se autodefinía como heterofriendly, así que no tuve necesidad de hacerlo y la verdad es que me alegro mucho de ello.

El hecho de que mi reticencia inicial fuera tan breve, puede servir de atenuante, pero en mí dejó una marquita. Me dolió porque me di cuenta de que en vez de tener empatía con un colectivo que siente la necesidad de que existan hoteles en los que poder comportarse con naturalidad y expresarse libremente, sin aguantar miradas y sin miedo a la crítica o al juicio de los demás, me comporté precisamente como la causa de esta necesidad. ¡No volverá a ocurrir!

Reflexionando un poco sobre los prejuicios, creo que ocurre un poco como con el odio, creemos que es malo para los demás, pero en realidad es malo para nosotros mismos. Cuántas veces he dejado de hacer un viaje porque me parecía que el destino estaba lleno de gente muy mayor o muy joven o muy cutre o muy pija, cuántos libros (algunos seguro que me hubiesen gustado) no he querido leer porque el autor no piensa como yo, o cuántas películas (me consta que algunas de ellas muy bonitas) no he visto porque el director se posicionó políticamente en el lado que no me gusta o el protagonista lleva un estilo de vida determinado, a cuántos bares, tiendas o peluquerías no hemos acudido por alguna razón de este tipo. Podría poner muchos ejemplos. ¿Vosotros no?

No sé si os habéis puesto a pensar en ello, pero creo que a todos nosotros nos ha pasado algo parecido en algún momento de nuestra vida, quiero pensar que fue cuando éramos muy jóvenes, cuando aún no habíamos llegado a desarrollarnos del todo como personas y todavía no habíamos desechado de nuestras vidas esas actitudes o comportamientos, pero si lo analizamos bien, probablemente nunca nadie se libra totalmente de los prejuicios. Lo que es casi seguro es que nos perdemos muchas cosas por culpa de ellos.

Se me ocurre que ahora que acaba de empezar el año y estamos todos en fase de fijarnos nuevos propósitos, este sería uno a tener en cuenta. Seguro que nos hace bien.

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Dejo ya de flagelarme y os hablo del hotel. Me encantó. Ocupa un edificio antiguo, está distribuido de una manera muy diferente al resto, con una estética muy especial y un toque divertido. El personal es amable y atento como en pocos sitios y los clientes con los que me encontré fueron todos muy agradables. Me sentí muy a gusto. A partir de ahora tengo un hotel más al que acudir.

Hasta pronto,

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Querido 2019

Querido 2019,

Te escribo para despedirme como te mereces, ya sé que hace unos cuantos días que te has ido, pero quería dedicar un tiempo a ordenar mis recuerdos.

En este tiempo en el que te ha tocado vivir, en el que todo es de usar y tirar, parece que estamos más pendientes del futuro que del presente y tenemos la costumbre de olvidarnos muy pronto del año que estamos viviendo para empezar a pensar en el próximo. Nos parece del todo normal que el mes de Diciembre lo dediquemos, casi por completo, a pensar y planificar el año que va a empezar. Por todos los lados nos bombardean con lo que va a venir: las revistas nos anuncian qué parejas se van a casar y qué bebés van a nacer, los periódicos nos pronostican cambios de gobierno o nuevas leyes, cuando no catástrofes, leemos sobre la que va a ser la dieta del año, sobre los nuevos cortes de pelo y sobre los destinos que no podemos perdernos, el otro día leí cuales van a ser las cirugías más solicitadas en 2020 ¿te lo puedes creer? A mí me da la sensación de que por no querer perdernos nada, nos perdemos una cosa: el presente, el hoy, lo único cierto. Nos venden mil agendas y dietarios en los que programar el nuevo año y apuntar nuestros propósitos, metas y objetivos. Si esto ya era casi obligado cada inicio de año ¡imagínate este que además empieza una nueva década! (bueno, no todo el mundo está de acuerdo con este hecho, no sé si te habrás enterado, el mundo se divide entre los que creen que este año empieza una década y los que piensan que se termina, lo mismo que ocurrió en el año 2000 con el inicio del milenio…)

No digo que todo esto no esté bien, al final todos necesitamos ponernos objetivos a futuro y tener alicientes que nos hagan esperar con ilusión un nuevo año, pero… ¿y el que se está yendo? En mi opinión vivimos demasiado deprisa, ya ni siquiera podemos esperar a que termine el año para empezar el siguiente. ¿Tú qué opinas? ¿No te parece que tendemos a malgastar el presente pensando demasiado en el futuro? Será que me estoy haciendo mayor, pero a mí, desde hace unos años me gusta más hacer balance. No quiero decir con esto que no me guste mirar al futuro y ponerme metas que alcanzar y con las que ilusionarme, quiero decir que también me gusta echar un vistazo hacia atrás, hacia lo vivido y hacer recuento de lo bueno y de lo malo que me has traído, sacar conclusiones y fijar bien los recuerdos en mi memoria con el fin de revivir lo bueno y tratar de no repetir lo malo, y una vez hecho esto, entonces sí, plantearme cómo me gustaría vivir el nuevo año y ver qué metas u objetivos puedo plantearme.

Ya he hecho balance y en general no me puedo quejar, has sido un buen año, me has traído muchas cosas buenas y algunas muy buenas: buenos libros, buenas pelis, muchos cafés en sitios bonitos, algunos viajes, la boda de unas personas muy especiales…, diría que solo me has dejado una cosa mala, pero tan mala, que no puedo quedarme con un buen recuerdo de ti. Ya sé que no es culpa tuya, las cosas ocurren, pero a pesar de ello, en mi agenda vital quedarás, no como un mal año, sino como un año triste.

Siento ser tan sincera, no pienses por ello que soy una desagradecida, sabes que no es así, valoro mucho y aprecio todas las cosas que he vivido, las guardo en mi memoria y todas ellas harán que las recuerde unidas a ti. Ahora ya es momento de dejarte marchar, y empezar a pensar en el año que acaba de empezar ¡espero que 2020 responda a mis expectativas! Con que sea la mitad de redondo de lo que parece, me daría por satisfecha.

Hasta siempre,

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Rutinas

Comentaba el otro día aquí, lo poco o más bien nada que me gustan las rutinas, pues bien, parece que el mundo conspira contra mí, porque vivo rodeada de la palabra rutina. Por todas partes, en la televisión, en muchos blogs, otros tantos podcasts, en Instagram… nos hablan de rutinas: rutinas beauty, rutinas de ejercicios, rutinas de mañana y de noche ¡hay hasta tutoriales sobre distintas rutinas! Lo que me llama la atención es que ya nadie le da el sentido negativo que a mí me sugiere esta palabra y que es por cierto, el que hasta hace muy poco tiempo casi todos le dábamos. Curiosamente hasta hace no mucho nos daban consejos precisamente, para vencer la rutina, para salir de la rutina, para que la rutina no nos asfixiara… Ya sé que esto únicamente se debe a las modas en el uso del lenguaje, cuando nos da por utilizar una palabra o una expresión concreta parece que las demás desaparecen: ahora todo es “brutal”, nada empieza, todo “arranca” y “las rutinas” no tienen nada que ver con la rutina. Yo preferiría utilizar otra palabra, ritual por ejemplo, pero bueno, eso es cosa mía.

Se me ha ocurrido hablar sobre este tema porque una tarde, de las muchas que paso en las librerías, me encontré con un libro cuyo título llamó mi atención, no solo por lo largo que es, sino por impactante: “Tu segunda vida empieza cuando descubres que solo tienes una”. ¿Que os parece?

En la contraportada pude leer: ¿Cansada de la rutina? ¿Necesitas dar cuerda a tu vida? ¡Con este manual de coaching camuflado de novela romperás cualquier amago de insatisfacción!  No hay duda de que la autora tiene la misma idea de la rutina que yo. También aparecía este diálogo:                 

                  – Probablemente padece usted de algún tipo de rutinitis aguda

                  – ¿De qué?

                  – Rutinitis aguda. Es una afección del alma que afecta cada vez a más gente en el mundo, sobre todo en Occidente.  Los síntomas son casi siempre los mismos: disminución de la motivación, melancolía crónica, pérdida de referencias y de sentido, dificultad para ser feliz pese a la abundancia de bienes materiales, desencanto, lasitud…

                  – Pero …¿cómo sabe usted todo eso?

                  – Porque soy rutinólogo.

                  – ¿Rutino… qué?

Está escrita por Raphaëlle Giordano, una especialista en coaching, cohesión laboral, y gestión del estrés.

Si pensáis que compré el libro, habéis acertado y si estoy escribiendo esto es porque lo he leído. No puedo decir que sea una obra maestra de la literatura, ni mucho menos, ya nos avisan de que es un manual de coaching camuflado de novela, pero me ha gustado. A grandes rasgos la novela nos revela que se puede cambiar la vida que llevamos por una vida que nos haga más feliz y en su desarrollo explica los pasos que hay que ir dando para cambiar los aspectos de ella que consideramos negativos.

No os voy a negar que me vi reflejada en algunos aspectos de la novela, me imagino que todas hemos tenido momentos de agobio, de duda, de desesperación, de sentirse incomprendida…y de culpar o responsabilizar a los demás de ello.  Que sea posible cambiar nuestra vida no significa que sea sencillo, que más nos gustaría que poder deshacernos de todas las cosas impuestas y tener medios para llevarlo a cabo, pero aunque no sea posible dar a nuestra vida un cambio radical de un día para otro, sí que podemos hacerlo poco a poco, intentando pequeños cambios que nos hagan algo más felices cada día.

Aunque todos sabemos que en las novelas las cosas siempre son más fáciles que en la vida real y a pesar de que no espero que se produzca un vuelco en mi vida, creo que voy a intentar aplicar algunos de los consejos del rutinólogo.

En el libro nos animan a “hacer el gato”, se trata sencillamente de concedernos un ratito solo para nosotras, un momento plácido y tranquilo, bien anclado en el instante presente, en el que podemos estirarnos, bostezar, dejar que nuestras ideas floten, simplemente concentrarnos en el ser en vez de en el hacer. También nos recomiendan tener “instantes de gratitud”, es decir, agradecer todos los días lo que la jornada nos ha traído de positivo, desde el detalle más insignificante como el placer de una taza de café al levantarnos hasta la dicha más grande. Cuenta que viene muy bien tener una play list de power songs, esas canciones que cada una sabemos que nos suben la moral y nos dan energía. El pensamiento y la actitud positivas son dos aspectos importantes, permanecer erguido, sonreír, no poner mala cara, ver la parte positiva en vez de quejarse y desanimarse, enunciar las frases en modo positivo. Para luchar contra la tendencia a la negatividad, nos invitan a tener una hucha en la que meter un euro cada vez que nos dejemos llevar por un pensamiento negativo o estéril.

En el poco tiempo que ha pasado desde que leí el libro, todos los días hago el gato, os confieso que los primeros días me costaba mantenerme despierta, me ocurría lo mismo que en esos minutos que se dedican al final de las clases de yoga o Pilates a relajarse, pero ahora, los disfruto conscientemente. Actitudes negativas nunca he tenido, por lo menos no soy consciente de haberlas tenido, sigo dando las gracias todos los días por esas pequeñas cosas que a veces nos alegran, ya os hablé de ello aquí, y estoy trabajando en una power list…. ¡Por intentarlo, que no quede! Dentro de un tiempo os cuento.

Hasta pronto,

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El final del verano

Mientras escribía la frase que da título al post de hoy, venía a mi cabeza aquel último capítulo de la mítica serie que “marcó” nuestra adolescencia, más que nada por la reiteración, ¿cuántas veces la repusieron? Me refiero como os imagináis a “Verano azul”. En aquel último capítulo mientras se oía de fondo la canción del Dúo Dinámico (“El finaaaal, del veranoooo, llegó…”) se veía a una tristona Julia despedirse de aquel verano tan especial.

Aunque nací en invierno y siempre asocio esta estación con momentos confortables, soy una mujer de verano. No solo por el sol y el calor, sobre todo por la LUZ. No me gusta la noche, me desagrada la oscuridad, todo me parece más feo y más peligroso. Me paso el día subiendo persianas y abriendo cortinas, tengo esa hambre de luz típica de los nórdicos, que a pesar del frío imperante, prescinden de todo aquello que pueda privarlos de la luz.

Por eso soy tan feliz en verano, porque tengo muchas horas de luz, los días me cunden mucho más, incluso me parecen más largos a pesar de que siguen teniendo las mismas horas.

No se si a más personas les ocurre lo mismo que a mí, me imagino que sí, pero es curioso que mientras que en invierno, cuando salgo del trabajo siendo prácticamente de noche, me cuesta un esfuerzo hacer cualquier cosa o ir a cualquier sitio, a partir de la primavera, ya desde que se adelanta la hora y aún más en verano, no me da ninguna pereza ir a sitios o hacer cosas que en invierno ni me planteo, tengo la sensación de que todavía queda mucho día por delante.

Pero el verano no me gusta solo por la luz, claro, de esta época me encanta poder romper con las rutinas que me atan durante el resto del año. No sé si ya lo he comentado alguna otra vez (ay, esta cabeza mía…!) en cualquier caso no recuerdo haber profundizado en ello. No me gusta la rutina. Sé que muchas personas se encuentran muy a gusto en la rutina o con sus rutinas personales, de hecho seguro que alguna vez habéis dicho u oído decir “qué ganas tengo de volver a la rutina”. Confieso que yo misma, en alguna ocasión he tenido la tentación de hacer esa misma afirmación. Visto ahora con la perspectiva que da el tiempo, creo que simplemente es una consecuencia del caos organizativo que nos supone a los padres y madres tener a los niños de vacaciones, nada más. Cuando pasa el tiempo y ya no nos acucia ese problema, te das cuenta, por lo menos yo así lo siento, de que cuanto más rutinaria es tu vida, menos libre te sientes, diría incluso que menos persona, menos ser humano. Me explico. Los días de bajón, esos días tontos que todos tenemos a veces, en los que te cuestionas todo y todo te parece malo, pienso lo fácil que sería sustituirme por un robot, lo sencillo que sería “programarme”: todos los días me levanto a la misma hora, hago las mismas cosas en el mismo orden, salgo de casa a la misma hora, coincido en el metro con las mismas caras, llego al trabajo, salgo del trabajo, vuelvo a casa. Día tras día, mes tras mes y año tras año. Qué tristeza ¿no? (ya os he avisado… lo del bajón).

Sin embargo, en verano y especialmente en vacaciones, cada día es distinto o por lo menos puede serlo y ¡esa posibilidad es la que me motiva! No hay “obligaciones” más allá de las que suponen cubrir unas necesidades básicas, no hay horarios impuestos y tenemos más tiempo a nuestra disposición (emoji de los aplausos). Tiempo para hacer lo que queramos, aquello que nos apetezca, que nos guste… Incluso para no hacer nada. Porque ocurre a veces que nos metemos en una espiral de hacer y hacer cosas, todas esas que no podemos hacer durante el resto del año, que acabamos igual de estresados.

¡¡Hay que APRENDER A NO HACER NADA y a no sentirse culpable por ello!! El dolce far niente. Descansar es tan necesario… Me costó mucho entender que estar tumbada viendo pasar las nubes no es “perder el tiempo”, que escribir en un cuaderno ese montón de frases hermosas que encuentro en los libros que leo o en las revistas, no es “perder el tiempo” y que la siesta (aunque a mí no me guste) es un regalo que hay que aprovechar y agradecer, y sobre todo, que no se necesita dar la vuelta al mundo en 30 días para tener la sensación de haber disfrutado y exprimido tus vacaciones, porque a veces la que acabas exprimida eres tú.

Por otro lado, también hay que aceptar que ordenar un cajón, si te apetece, no es malgastar las vacaciones, y que dedicar un par de tardes o las que a ti te apetezcan, a cambiar los muebles de sitio o a poner cojines nuevos o unas flores para dar un aire distinto a tu casa, tampoco. Todo aquello que pueda suponerte una alegría va a resultar una buena “inversión”. Cada uno sabemos lo que es bueno para nosotros, para nuestro descanso y nuestro bienestar, solo hay que decidirse a hacerlo.

Dicho esto, este verano que ya se nos ha acabado (emoji de las lágrimas) ha sido un buen verano. Hace varios años que son buenos,  desde que decidí que debía ser yo la que eligiera como quería que fuese mi verano, sin dejarme llevar por inercias, campañas publicitarias, modas… Aprovechar para hacer un viaje no muy largo, ni muy cansado a un destino fácil y seguro, algunos días de playa, muchos libros, dormir, unas cañas, terrazas… Lo que a mí me gusta. También he tenido mucho tiempo para pensar y cuando se piensa no siempre se llega a conclusiones o aún llegando, no siempre se tiene el valor o la posibilidad de llevarlas a cabo. Tengo pegada en la agenda una frase que recorte este verano del suplemento de algún periódico que dice lo siguiente: “En verano te replanteas si la vida que llevas es la que quieres. Y dudar es de valientes” Debo de ser muy valiente, porque dudo mucho. No puedo decir que la vida que llevo es la que quiero, pero si puedo decir que la vida que quiero se parece mucho a la que llevo en verano, por eso me duele tanto que se acabe.

Hasta pronto,

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Cosas sencillas, humildes y deliciosas

Recuerdo perfectamente lo poco que me gustaba la filosofía. Los días que me tocaba clase de esa asignatura eran los peores de la semana y los exámenes para mí terminaban cuando hacía el de filo. Por aquel entonces era una buena estudiante pero tenía clarísimo que mi bachillerato iba a ser de ciencias y aquella asignatura obligatoria, igual precisamente por eso, por ser obligatoria, consiguió amargarme el curso, igual que hizo el latín el curso anterior.

Para mí la filosofía consistió en memorizar lo que otras personas habían pensado hacía mucho tiempo sobre unos temas concretos, la mayoría de los cuales, con 16 años, no me resultaban en absoluto interesantes. Nunca pude encontrar la utilidad a esta asignatura, también he de reconocer, que nunca le di la más mínima oportunidad.

He recordado todo esto a raíz de leer un artículo muy interesante en el que una filósofa y dos filósofos reflexionan sobre la conveniencia de estudiar filosofía, todos coinciden en que sí aunque uno de ellos cree que no de manera obligatoria.

¿Conviene estudiar filosofía? Estudiarla con buenos profesores te va a ayudar a pensar de una manera más rica. (Josep María Esquirol)

¿Le parece bien que se enseñe filosofía? Hay gente a la que no le gusta, les parece poco práctica en el sentido más bellaco. No lo es. Solo faltaría que solo aprendiéramos cosas prácticas: no somos esclavos. (Amelia Valcárcel)

¿Debe ser la filosofía una materia obligatoria de estudio? Tengo dudas. No se si se debe forzar. Las claves humanísticas que nos van a servir como personas, cuando aparecen filtradas por los códigos académicos pierden esa magia, esa capacidad de descubrimiento. (Jorge Fernández Gonzalo)

Durante las entrevistas que hacen a cada uno de ellos, reflexionan sobre diferentes aspectos, alguno como el sentido de la vida y la idea de la felicidad me han hecho pensar y de alguna manera, arrepentirme un poco de haber sido tan dura con la filosofía.

Sobre el sentido de la vida, relataba uno de ellos (J.M.Esquirol) que “una persona puede tener una gran vida espiritual y dedicarse a viajar mucho, pero no hace falta. No hace falta mucho viaje, mucha aventura. No es necesario conocer muchas culturas para tener una gran vida espiritual”. La filósofa (Amelia Varcarcel) sin embargo, al ser preguntada por el mismo aspecto, dio una respuesta totalmente diferente, tan sencilla y humana que hizo que me identificase totalmente con su opinión. Decía: “Si se refiere a si nuestra vida merece la pena ser vivida, digo: radicalmente sí. Vale más una hora sobre la piel de la Tierra disfrutando del sol que toda una eternidad sin haber nacido”. Cuando leí su respuesta pensé que algo muy similar se me pasa por la cabeza cuando apurada y centrada en mis problemas, de repente algún músico en la calle está tocando el violín… Pocas cosas hay que me conmuevan más que el talento musical (del que carezco totalmente). Esos pocos minutos compensan de sobra el resto del día, aunque éste haya sido malo.

Cuando hablan sobre la felicidad, no todos coinciden en sus reflexiones. Para la mujer “la felicidad son cosas sencillas, humildes y deliciosas, como que llueva, que una persona amiga te dé una buena noticia, que se cure quien lo necesita, que vayas a un lugar y lo que te den esté preparado con cuidado, porque todo lo que tiene cuidado tiene cariño… La felicidad son cosas muy pequeñas y deliciosas”. En cambio Jorge Fernández Gonzalo, cree que “no tenemos que aprender a ser felices, sino aprender a resistirnos a la felicidad. La felicidad es una imposición social”, piensa que “parece que estamos obligados a salir mucho los fines de semana, a viajar, a vivir un montón de experiencias… y eso nos agobia, nos produce depresiones, inestabilidad. Creo que la filosofía nos debe enseñar a saber no ser felices” y concluye que “tenemos que aprender que el no ser felices forma parte de nuestra vida psíquica y de nuestra forma de estar en el mundo”. Qué dos puntos de vista más diferentes ¿verdad?

Mucho se habla de la felicidad, todos hablamos de ella, cada uno tiene su propia opinión al respecto, algunos ni siquiera tienen una idea clara de lo que es o de lo que supone, pero puestos a escoger, yo prefiero la opción de encontrar la felicidad en las cosas sencillas, me reconforta mucho este pensamiento (ya he hablado más veces de ello), aunque reconozco que igual sí que es cierto que se nos debería enseñar a convivir con situaciones o sentimientos desfavorables, también eso de alguna manera contribuye a que seamos un poco más felices o menos infelices.

Sin embargo, de todas las respuestas y comentarios que he leído u oído sobre la felicidad, me quedo con las palabras de la actriz Lidia San José. Decía en una entrevista: “el objetivo de mi vida es ser feliz, y la felicidad es un trabajo, hay que currárselo, no se es feliz por inconsciencia. Yo intento apartar las cosas que me duelen”. Pero lo que en realidad me gusta es este razonamiento: “me parece muy egoísta quejarme habiendo nacido en el primer mundo, a finales del siglo XX, en una familia de clase media y teniendo salud. Recibir esa fortuna por nacimiento y no disfrutarla… No es de recibo. Así que por toma de conciencia, he decidido ser feliz y disfrutar de las pequeñas cosas: abrazar a mi perra, acostarme con sábanas limpias…”

Coincido plenamente, y añado que la gratitud es muy necesaria y también produce mucha felicidad ¡tanta como infelicidad produce la envidia!

También relacionado con la felicidad, pero refiriéndose a ello como “cosas extraordinarias” la actriz Toni Acosta en su columna de In Style del mes de Julio (Cosas mías, siempre una delicia leerla, os la recomiendo), nos ofrece una maravillosa lista de pequeñas cosas sencillas que le resultan extraordinarias. Pensaba resumiros las que más me han gustado, pero algunas pierden sentido si no se leen todas, así que aquí os dejo el artículo entero. Disfrutadlo y, tal y como nos recomienda Toni, haced vuestra propia lista.

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Hasta pronto,

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