Winter is coming…

No es la primera vez que os cuento que soy una persona de verano (aquí). Por eso para mí, que el verano termine, nunca ha sido una buena noticia. Sin embargo, este año estaba siendo diferente.

La primavera empezó de la peor manera, no terminó mucho mejor, quisimos ver la esperanza en el verano, pero se fue torciendo hasta acabar mal, así que en la llegada del otoño, tenía yo puestas mis esperanzas.

Nunca antes había sentido tanta necesidad de ir cubriendo etapas, ni había tenido puesta mi mirada en el futuro, muy al contrario, siempre he revindicado el hoy, el ahora, pero últimamente, el hoy es igual que el ayer y que el anteayer, y el futuro se nos antoja incierto, nadie se atreve a hacer planes. Sin embargo, tampoco el otoño ha traído buenas noticias, muy al contrario, la situación se ha vuelto a complicar.

Así que mientras esperamos que nos vayan dando mejores noticias, que las curvas vayan por donde tengan que ir,  y que podamos tener objetivos y planes a un plazo más largo que una semana, el invierno se nos ha echado encima…

En esta época en la que normalmente apetece estar en casa, y dado que este año además conviene que estemos en casa, nos podemos dedicar a perder nuestro tiempo lamentándonos o aprovecharlo aprendiendo cosas o descubriendo postres que nunca nos hubiéramos creído capaces de hacer.

Eso es lo que me ha ocurrido a mí con la tarta de queso. Hasta hace nada, la única tarta de queso que conocía (y cómo me arrepiento…) era la típica tarta blanca con mermelada encima y que se hacía en frío. He de confesar que nunca ha sido de mis favoritas, así que no tenía la costumbre de pedirla.

¿Cómo puede ser que una foto marque un antes y un después en tu vida? más aún, ¿cómo puede ser que una foto de una tarta de queso marque un antes y un después en tu vida?

Pues sí, fue una foto, la que aparecía en un artículo de una revista, sobre las mejores tartas de queso, la que llamó mi atención, tanto que me llevó a ella y se ha convertido en uno de mis postres favoritos.

Se trata de una tarta de queso horneada, es blandita, jugosa, no demasiado dulce, no empalaga… ¡¡Puff! ¡¡Y está deliciosa!! Para ganarse más mi admiración, es sencilla de hacer y admite cambios de proporciones para potenciar más o menos el sabor a queso y distinto tiempo de horneado para que esté más o menos blanda.

Para hacerla, con un resultado muy satisfactorio, no es necesario ser un gran chef y solo se necesitan estos ingredientes:

Para la base

Galletas y mantequilla

Para la crema:

500 gr de queso crema

80 gr de queso parmesano

100 gr de queso fresco

250 gr de nata (mejor si es de 35% de materia grasa)

200 gr de azúcar

10 gr de harina

5 huevos

una pizca de sal

Se elabora de la siguiente manera: para hacer la base hay que triturar la galleta y mezclarla con la mantequilla hasta formar una pasta con la que cubrir el fondo del molde. No doy cantidades porque depende del grosor que queráis para vuestra base.

Para hacer la masa de la tarta, se trata de ir mezclando en un bol todos los ingredientes menos la harina, hasta conseguir una crema homogénea, entonces se añade la harina y se sigue mezclando.

Se mete en el horno precalentado, durante 30 minutos a 190º en posición ventilador. Con este tiempo, la tarta queda muy, muy jugosa, si os gusta que esté más cuajada, habría que tenerla unos minutos más.

Una vez fuera del horno, recomiendan dejarla reposar unas 3 horas… si sois capaces, ¡claro!

Os dejo la foto del resultado de mi primera tarta de queso horneada. Las siguientes han ido mejorando ¡aunque sigue sin parecerse a la de la foto!

Si tenéis un ratito tonto, os animo a que lo intentéis.

Hasta pronto,

Hace un tiempo os prometí un post sobre el té aquí, así que aunque un poco tarde voy a cumplir mi promesa y voy a hablaros del té y de mi relación con él.

No ha sido este un país de infusiones, de hecho, hasta hace unos años las infusiones tenían principalmente un uso terapéutico, por lo menos en mi entorno más cercano. Se tomaba manzanilla para asentar el estómago, tila para calmar los nervios y el té quedaba relegado a los casos de gastroenteritis, junto con la sopa de arroz y el yogur de limón. En mi mente siempre estuvo presente esta asociación y me negaba tajantemente a tomar una infusión fuera de estas situaciones.

Dicen que rectificar es de sabios… Hace algún tiempo empecé a cambiar de opinión respecto de las infusiones, poco a poco fui probando distintos tipos, distintas mezclas y cada vez me gustan más ¡hasta el punto de recomendároslas!

Antes de nada he de decir que prefiero el café, si he de optar entre uno u otro, me quedo sin ninguna duda con el café, de hecho, ya he comentado alguna vez que nunca tomo té en el desayuno, pero es una muy buena opción para media mañana o media tarde. También suelo recurrir a él en los sitios en los que no sé si el café es bueno y en esta época en la que por el calor no te apetece tomar un café, recurro al té con hielo, porque el café con hielo no me acaba de convencer.

Clases de té hay muchas, tipos de mezclas con té también y tipos de infusiones que no llevan té, ni os cuento. No pretendo en este post hacer una enumeración exhaustiva de los beneficios de cada uno de ellos, si alguien tiene interés en ello, puede recurrir a fuentes mucho más fiables que yo, únicamente voy a limitarme a deciros cuales son mis favoritos y cuales considero que son los más fáciles para tomar al principio y así ir acostumbrándose. Yo al principio solo tomaba infusiones sin té, luego pasé a las mezclas de té y ahora ¡me gusta hasta la bolsita de té de toda la vida!

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Hay muchas personas a las que les gustaría tomar infusiones pero tienen todavía ciertas reservas. Para quienes tengan muy claro que nos les gusta el té, son muy agradables las infusiones de menta, de regaliz, de distintos frutos… Seguro que alguna de ellas os gusta, a mí me encanta una que se llama fresh mint, está riquísima.

Si queréis ir tomando contacto con el té, para empezar yo os recomendaría probar el rooibos. En realidad no es un tipo de té, de hecho no tiene teína, con lo que se puede tomar sin miedo al insomnio, son unas infusiones muy fáciles de tomar, que además tienen efecto antioxidante. Normalmente no compro el rooibos puro, sino que opto por los aromatizados, el de naranja está buenísimo y se puede tomar tanto frío como caliente y también es muy rico y muy fácil de tomar el de frutos del bosque.

Si pasamos al té, tanto el blanco, como el verde, el rojo, el negro o cualquier otro tipo, también podéis encontrarlo puro o aromatizado. A mí me parece más agradable el aromatizado y de entre todos los tipos de té el que más me gusta es el negro. Mezclas hay muchísimas: con frutas, con chocolate, con vainilla, con almendra… Es imposible que no encontréis alguna que os guste.

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Curiosamente, a pesar de mi afición al té, aún no he probado la variedad matcha, que tan de moda se ha puesto ahora y al que tantísimas buenas propiedades adjudican, quiero tomarlo en algún sitio que lo pongan rico… Ya os contaré.

Por último quiero recomendaros que os acerquéis a alguna tienda de tés porque es una experiencia muy agradable. Aunque en cualquier supermercado tenéis cientos de infusiones o tés de todo tipo, merece la pena pasarse por una tienda especializada. El ambiente es muy tranquilo, suelen estar decoradas con mucho gusto y el personal está muy preparado para orientarte. Las mezclas siempre están recientes y con todo su aroma, te recomiendan el que creen que es más apropiado para ti según lo que les cuentes, te dejan oler las mezclas, te dicen cuánto tiempo debe infusionar, si se puede tomar frío, la proporción de agua, todo lo que necesites, y te ofrecen muestras para que puedas probar antes de comprar. Además siempre tienen los tés “de temporada” preparados para degustar, ahora tienen los especiales para hacer con hielo y en Navidad, por ejemplo, suelen tener mezclas especiales para esa época del año, el té de Adviento, mi favorito, es una maravilla, forma parte de mi lista fija de compras navideñas.

Si tuviese que poner un pero al té, quizá sería que es un poco caro… los más baratos andan por unos 7 € los 100 gr., pero con un paquetito de 100 gr. llega para más de 30 tazas, así que salvo que seáis bebedoras compulsivas tampoco me parece que sea un dispendio.

Por último, cuando tengáis que hacer un regalo o traer un detalle de vuestros viajes, no descartéis esta idea. Para las personas aficionadas al té hay todo un mundo de posibilidades además del propio té, tazas, vasos, teteras…¡Anotadlo para el futuro!

Espero haber animado a las que estéis con dudas sobre las infusiones, es cuestión de ir probando y descartando los sabores que no os encajen hasta encontrar vuestra favorita.

Me vais contando.

Hasta pronto,

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Smoothies

A mis hijas de pequeñas no les gustaba comer fruta, me daban mucha envidia esos bebés que iban en sus sillitas comiendo fruta de un tupper. Yo lo intenté, pero nunca conseguí que se la comieran. Les encantaba, sin embargo, el yogur, especialmente el yogur líquido. Un día que no tenía, decidí hacerlo yo, pasé por la batidora un yogur con un plátano y unas fresas y les encantó. Aquella fue la primera vez y desde entonces no he parado, cualquier tipo de fruta me sirve, aprovecho siempre que puedo las de temporada.

Hace unos años que hemos sido invadidos por los smoothies, nos los ofrecen en casi todos los sitios como paradigma de lo saludable. Reconozco que me encantan y que recurro mucho a ellos, no sé si serán tan sanos como nos cuentan, pero los que hacemos en casa tienen la garantía de llevar productos naturales, o por lo menos, sin aditivos raros.

De un tiempo a esta parte he aprovechado la misma táctica para que coman verduras crudas y me he apuntado a la moda del green smoothie. No persigo ningún efecto detox  -en alguna ocasión leí que el cuerpo no llega a contaminarse hasta el punto de necesitar una desintoxicación (esa función la cumple el hígado) y que en caso de estar tan contaminado se necesitaría algo más que smoothies de apio para limpiarlo- me conformo con que se coman las verduras, normalmente espinacas y pepino. Es cierto que el color al principio impresiona un poco, pero una vez que se prueba, gusta.

Si me pongo a analizar los smoothies, solo les veo ventajas:

* es una forma de comer fruta fresca, se aprovecha el 100% de la fruta, frente a los zumos que desechan la pulpa y todos sus beneficios.

* sirven para dar salida a esa fruta que a veces madura demasiado rápido y acaba poniéndose mala.

* admiten cualquier combinación, tú eliges lo que te gusta, es ir probando distintas mezclas. Yo normalmente los hago con yogur, pero se pueden hacer con leche o con bebidas vegetales en caso de querer o de tener que evitar los lácteos o incluso sin ninguna de las dos cosas si se hacen con frutas como el melón, la sandía o  la naranja,  ya que debido a su alto contenido en agua quedan suficientemente líquidos. De esta manera además, evitas que la leche se ponga mala si vas a llevarte el smoothie fuera de casa.

* son fáciles y rápidos de hacer y se pueden llevar a cualquier sitio, de hecho yo siempre me llevo uno a la playa. Para hacerlos utilizo la batidora de vaso. Cuando era pequeña mi madre tenía una de esas batidoras, lo recuerdo porque en un despiste suyo, la puse en funcionamiento sin que tuviera la tapa puesta y se montó una buena… Después empezaron a usarse las batidoras de brazo y ya nunca más se supo. De unos años a esta parte han regresado y me declaro fan absoluta de ellas, sobre todo por su comodidad. Tengo una grande nuevita que uso mucho, pero sin duda alguna a la que más partido he sacado es a la Amazing Bullet. Es la comodidad en estado puro y práctica al extremo, en el mismo vaso en el que preparas el smoothie puedes beberlo y trae varios vasos de distintos tamaños, para batir o picar lo que necesites. Todo un invento, además es chiquitina, no ocupa nada y no te da pereza sacarla ni limpiarla después. Para lo poco que me costó lleva cinco años dándolo todo.

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Mi green smoothie favorito, si por green entendemos que lleva verdura, es el que hago con yogur, pepino, espinacas, plátano y limón (el de la foto), también el de remolacha, zanahoria, naranja y limón, este admito que es más difícil que guste a todo el mundo, pero a mí me encanta. Green, pero solo por el color, porque no lleva verduras, es el que hago con yogur, melón, kiwi, uvas y plátano, riquísimo también.  A los niños, les gustan más los que llevan plátano, porque su sabor es muy reconocible y lo suficientemente potente para “encubrir” otros sabores que igual no les resultan tan atractivos, el otro de la foto lleva yogur, plátano, nectarina y albaricoque, y está realmente bueno. Hay tantos…

A ver si os animáis y probáis alguno, del color que sea, lo bueno es variar. Ya me contaréis.

Hasta pronto,

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Sandwiches

No sé como sería en vuestro caso, pero mi primer recuerdo de los sándwiches se remonta a las celebraciones de los cumpleaños infantiles. Lo típico entonces eran los sándwiches y el chocolate con churros. Eran los clásicos de jamón y queso y nos referíamos a ellos simplemente como sándwiches, sin ningún calificativo, no era necesario, solo había esos, más adelante empezaron los vegetales pero durante muchos años nos quedamos ahí.

Ni de lejos asociábamos el término sándwich con la traducción al inglés de la palabra bocadillo y que como tales se podrían hacer de cualquier cosa, yo creía que la denominación sándwich venía dada por usar pan de molde…

Desde entonces hasta ahora la evolución ha sido impresionante, tanto en variedad como en calidad. Tenemos actualmente sándwiches de todo lo que podamos imaginar, y en muchas ocasiones, son muy buen recurso cuando estamos en algún país cuya comida no nos atrae demasiado. Leí una vez un artículo a cuyo autor le encanta el sándwich club, de hecho es su favorito y ha comprobado que lo ofrecen, con el mismo nombre y muy parecida receta (pollo y bacon), por casi todos los países en los que ha estado. ¡Suele ser una apuesta segura en caso de duda!

Para las personas que comemos fuera de casa es una buena opción, es fácil de transportar –más ligero que el tupper o el termo-  fácil de comer –no necesitas calentarlo ni usar plato o cubiertos- por lo que te da mucha libertad y la posibilidad de tomártelo, tanto en el trabajo si el tiempo no acompaña como en algún parque esos días en los que el sol se decide a acompañarnos.

Lo bueno del sándwich es que siempre hay alguno que te guste, porque eres tú quien decide qué poner en él. De esta manera lo pueden tomar personas con intolerancias alimentarias o con dietas vegetarianas o veganas, porque es muy sencillo evitar los alimentos que no se puedan o quieran utilizar. Es además muy sencillo incluir en el los 3 tipos de alimentos que se recomiendan para que se convierta en una comida saludable: los carbohidratos del pan, las vitaminas de las verduras y las proteínas de la carne, pescado o huevo, y si lo acompañamos con una pieza de fruta ¡hemos comido estupendamente!

Los sándwiches además, lo aguantan todo y las posibilidades hoy en día se han elevado hasta el infinito. Si empezamos por el pan, hay miles: sin gluten, con semillas, con frutos secos, integral… La verdura, si la queremos cruda, no tiene porqué ser siempre la socorrida lechuga, pueden ser también berros, brotes o germinados, espinacas, cebolla… y si las queremos cocinar previamente, pimiento, calabacín, berenjena… La proteína de la carne o del pescado, así como la del huevo, puede ir cocinada como más nos guste: una pechuga de pollo o pavo a la plancha, un filete de merluza rebozado, salmón ahumado, huevo cocido o escalfado, tofu o seitán, también algunas frutas, como el aguacate, la manzana, la granada o la pera, caben perfectamente en un sándwich.

Por último, pero no menos importante, a mí los sándwiches me sirven para aprovechar los restos de comida, ese trozo de pescado que ha sobrado de la cena me sirve para hacerme un sándwich riquísimo al día siguiente, lo mismo que un filete de pollo.

El sándwich que os voy a proponer, es una versión que he hecho de uno que probé en una cadena de restaurantes que se llama Sandwich California. La receta original es la siguiente:

            Pan de 12 cereales y semillas

            Verduras asadas: pimiento rojo, calabacín

            Brotes de cebolla

            Espinacas

            Albahaca

            Aguacate

            Cebolla frita

            Queso de cabra

            Vinagreta de hierbas

Yo no pongo queso ni cebolla frita porque este sándwich lo preparo cuando quiero comer “limpio” y en vez de vinagreta le echo un chorrito de aceite de albahaca, que me parece más suave que la propia albahaca. Queda muy suave y se come bien tanto frío como caliente.

Si os animáis a probarlo y os gusta, me contáis.

Hasta pronto,

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Operación bikini

Leí una vez que Frida Giannini, antigua directora creativa de Gucci decía que a partir de los cuarenta, la mujer no debía enseñar el ombligo. Deduzco de esta afirmación que ¿consideraba que no debíamos usar bikini una vez cumplida esta edad? No sé yo que pensar… Coco Chanel decía que a partir de los 40 se alarga la falda y se acorta la melena, y siempre me ha parecido un buen consejo, pero lo del bikini… ¡no lo tengo yo tan claro!

Ha venido esto a mi mente, porque hemos llegado a esa época del año en la que en el momento en que ofreces algo de comer, siempre obtienes la misma respuesta: estoy con la operación bikini.

Así que, yo con ganas de colaborar y hacer menos costosa esta operación, he decidido hacer algunas propuestas de comidas, fáciles y rápidas, que sean plato único y que engorden lo menos posible. Para ello lo más fácil, sobre todo para las que como yo, no sois grandes cocineras, es partir de platos que normalmente hacemos con pasta y sustituirla por alguna verdura.

A mí la verdura más sencilla para cocinar me parece el calabacín. Es una verdura con un montón de ventajas: no es cara, se conserva bien en el frigorífico, se hace muy rápido porque no es necesario cocerlo previamente -se hace con el agua que el mismo suelta- tiene un sabor tan suave que se adapta a cualquier otro alimento y se puede cocinar de mil maneras. Es la típica verdura que te saca de un apuro, para ese momento de pereza o de no se qué poner para comer, o para esos días que llegas tan cansada, que no quieres ni siquiera pensar en hacer la cena. Yo siempre tengo un par de calabacines en el frigo ¡y me han salvado de muchas!

Hoy os voy a proponer unos “calabacetis”, que no son más que calabacines cortados en tiritas finas. Si no queréis cortarlos vosotras, los venden ya cortados, yo los he visto en la zona de ensaladas del supermercado, pero sinceramente, no creo que merezca la pena pagarlos más caros por el simple hecho de venir ya cortados ¡cuesta poquísimo hacerlo una misma con un cuchillo!

Como estamos hablando de la operación bikini lo lógico es cocinarlo con alimentos que tengan proteína, para estar bien alimentadas, pero que engorden lo menos posible. La receta que os propongo (la de la foto) son unos calabacetis con gambitas y chatka. Pero se harían igual con chirlas o con gulas… Para hacerlo solamente hay que rehogar las gambitas en una sartén con aceite de oliva y unos ajitos, si os gusta un toquecito picante podéis echar un poco de guindilla. Cuando las gambitas cambien de color se añade la chatka y después los calabacetis. Se echa sal y con el agua que van soltando se cocinan. Normalmente cuando se ha evaporado el agua están ya listos y muy blanditos, pero hay quien los prefiere más al dente y los retira antes.

Como veis, en un pis pás tenéis la comida hecha. Otra opción con calabacín es hacer una tortilla, sustituyendo toda o solo una parte de la patata. En este caso se rehoga el calabacín con un poco de aceite de oliva y cebolla, y cuando esté todo blandito, se hace la tortilla como si de patata se tratara. Así eliminamos la patata y casi todo el aceite.

Probadlo si tenéis ocasión y ya me contaréis.

Antes de despedirme os quiero contar un par de “cosas que nos facilitan la vida” en lo relativo a la cocina. Una son los aceites aromatizados y otra es tener siempre en el congelador gambitas, gulas, chirlas y/o chatka.

Me regalaron unas Navidades una caja de aceites aromatizados de La Chinata. Me parecieron la bomba. Nunca antes los había utilizado pero desde entonces no he dejado de hacerlo. Hay un montón de ellos: ajo, trufa, albahaca, limón, guindilla… Para mí son comodísimos, cuando se me acabaron comencé a hacerlos yo misma. El de ajo, por ejemplo, es una gozada: no tienes que pelar y picar los ajos, así te evitas el olor en las manos, no se queman, por lo que no hay peligro de que se ensucie el aceite o coja mal sabor, no tienes que retirar los ajos después, en el caso de que como a mí, no te guste encontrártelos en la comida… Y el de guindilla, también es un imprescindible para mí.

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Son además una idea estupenda para regalar o para llevar cuando te invita alguien a comer o a cenar en su casa.

Y lo de tener esos alimentos en el congelador, lo digo por experiencia propia. ¿Cuántas veces he preparado una pasta con gulas o una tortillita de gambas, un arroz con chirlas… en un momento de frigorífico vacío? Suele ocurrir a la vuelta de vacaciones, cuando coincide que es festivo y no te has dado cuenta ¡precisamente porque estás de vacaciones! o cuando viene alguien a verte y le dices ¿te quedas a comer? Hacedme caso ¡os puede venir muy bien!

Hasta pronto,

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Comidas al aire libre V

Hoy he recurrido a las endivias, una verdura que yo siempre he consumido en crudo. Aunque he visto infinidad de platos con endivias cocinadas, nunca me he animado a preparar ninguno, será que no me han resultado atractivos….

Normalmente las preparo como veis en la foto. Limpio las hojas en seco, para que no resulten muy amargas, y las relleno con lo que me apetezca en cada momento. Hoy las he rellenado con aguacate, arroz  y frutas deshidratadas, y lo he aliñado con una vinagreta suave.

Es una verdura que admite que se rellene con cualquier cosa: ensaladilla rusa, queso y frutos secos, bonito en conserva con antxoas y tantas otras, lo mismo se puede decir con los aliños o salsas. A vuestro gusto.

A disfrutar,

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Comidas al aire libre IV

Tengo una relación extraña con el tomate, si me preguntáis si me gusta, os responderé que no, sin embargo, me gusta el gazpacho y todavía más el salmorejo. Creo que es la textura lo que no me gusta…

Hoy he hecho un salmorejo, pero para darle un toque diferente lo he hecho de fresas. Los ingredientes y sus proporciones son las siguientes:

  • 500 gr de tomates maduros (tipo pera)
  • 250 gr de fresas
  • 1 diente de ajo
  • 200 gr de pan con miga del día anterior
  • 50 gr de aceite de oliva virgen extra
  • Una pizca de sal

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Como cada uno tenemos nuestros gustos, las cantidades se pueden variar. Yo siempre reduzco la cantidad de pan porque me gusta que esté menos espeso y también reduzco el ajo, porque al estar crudo me parece que le da un sabor demasiado fuerte. En cuanto a la cantidad de fresas…también podéis jugar, en función del sabor y el color que queráis potenciar, en el de hoy he echado menos, por eso está bastante rojito.

A mí lo que me encanta del salmorejo son los toppings, el jamoncito y el huevo cocido bien picadito, sin embargo, en este salmorejo, como tiene un toque un poco más dulce, recomiendan poner toppings más neutros: unos trocitos de fresa, unos picos…

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Como veis es un plato bastante completo, tiene verdura, pan, aceite y fruta. Es un buen plato único, pero también queda bien como aperitivo, servido en vasitos y como no, fácilmente transportable, a la playa, al campo… metido en una botellita o en el termo.

Ahora a disfrutar.

Hasta pronto.

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Comidas al aire libre III

Otro clásico del verano: la ensalada de pasta. Y ¿por qué? Porque es muy fácil de hacer, admite mil variaciones, está rica con todo, los niños la comen bien y… ¡puedes dejarla preparada! No sé a vosotras, pero a mí me parece una maravilla llegar a casa del trabajo o de la playa y no tener que preparar la comida.

En este caso he hecho una ensalada de pasta un poco marinera. Suelo utilizar la pasta de colorines (dicen que lleva verdura…) porque me parece que tiene más sabor y que en frío éste se aprecia más. He añadido, bonito en conserva, gambitas cocidas, chatka, huevo cocido y un poco de cebolleta, todo sobre una base de lechuga.

Para aliñarla, aunque con salsa rosa también queda muy rica, yo he preferido una vinagreta, mas ligera, hecha con aceite de oliva virgen, vinagre de manzana y una sal con aceituna negra que está buenísima y le pega un montón.

Aunque se llame ensalada, es bastante potente,  lleva los hidratos de la pasta y toda la proteína del pescado que le he añadido, además de la verdura, así que sirve de plato único, otra cosa que se valora mucho (yo por lo menos) en verano.

Si coméis fuera de casa… también se puede llevar. No renunciéis a las ensaladas por el simple hecho de comer en la playa o en el monte. Es muy sencillo llevarlas y aunque el bocata nos sabe a gloria, conviene sustituir unos cuantos (el verano es muy largo…) por algo más ligero. ¡Recordadlo!

Si probáis alguna ensalada de pasta, disfrutadla.

Hasta pronto.

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Comidas al aire libre II

El viernes pasé por delante de una frutería que tenía en el escaparate unos calabacines redondos con un cartel que ponía “especiales para rellenar”. Los compré y me solucionó la comida de hoy.

Cuando llega este tiempo suelo hacer comidas más ligeras, procuro preparar un único plato que cubra las necesidades de vitaminas y proteínas, así que una verdura rellena me parece muy práctico. Si hubieran sido sólo para mí el relleno habría sido diferente, pero para evitar malas caras, los he rellenado con carne picada.

La forma de prepararlos es realmente sencilla. Los he cocido y luego, cuando ya estaban blanditos y se habían enfriado, los he vaciado con cuidado. La pulpa la he reservado para mezclarla con la carne picada que he preparado como si fuera una bolognesa. Una vez lista la carne, he rellenado los calabacines, los he cubierto con un poco de queso y los he gratinado en el horno.

La única dificultad es vaciar los calabacines sin que se rompan, para ello he utilizado un aparatito que se usa para hacer bolitas de fruta (unas cuantas las he guardado para poner como guarnición) y como estaban muy blanditos no ha resultado difícil.

Lo bueno de este plato es que se puede hacer cualquier relleno que os guste, verdura, carne, pescado. Animaos a probar.

Hasta pronto.

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Comidas al aire libre

Llega el verano… pero no las buenas temperaturas, así que hoy para comer vamos a preparar una ensalada pero con un poco de fundamento. Vamos a utilizar legumbre, concretamente garbanzos.

De esta legumbre que estamos más acostumbrados a verla en cocidos contundentes, cabe destacar su gran aporte en hidratos de carbono, fibra, proteínas y grasas, así como vitaminas (A,B6, C, E y K) y minerales (calcio, fósforo, hierro, potasio, zinc…). Nos cuentan que son buenos para reducir los niveles de colesterol, regular la tensión arterial y reducir la anemia. Merece la pena que los sigamos consumiendo durante el verano, ¿no creéis?

Para preparar esta ensalada necesitamos:

  • Garbanzos, los que venden ya cocidos en conserva sirven perfectamente, además luego podemos utilizar el frasco para llevarnos la ensalada.
  • Lechuga, yo utilizo los cogollos, porque me gusta la textura jugosa de las hojas más rizadas.
  • Pimiento rojo.
  • Cebolleta.
  • Aceitunas, verdes o negras, según nos gusten más unas u otras.
  • Huevo cocido.
  • Aceite de oliva virgen extra.
  • Vinagre de manzana.
  • Orégano (si no os gustan las especias, no es necesario añadirlo).
  • Sal rosa del Himalaya (o cualquier otra si preferís).

Cada persona tiene sus preferencias a la hora de preparar y presentar las ensaladas. A mí personalmente me gusta que todos los ingredientes estén cortados, para que se pueda comer cómodamente sin tener que utilizar el cuchillo. Pero hay quienes prefieren trozos más grandes para apreciar mejor el sabor de cada ingrediente. Para esto no hay recetas, se trata de disfrutar, así que cada uno la prepare como más le guste.

Para empezar corto las hojitas de lechuga en tiras no muy estrechas. El pimiento y la cebolleta lo pico muy pequeño porque tienen el sabor muy fuerte y no me gusta que predomine sobre el resto de ingredientes, así que estando chiquitín se aprecia el sabor y el toque crujiente de ambas verduras, pero no encubre el sabor de lo demás. Las aceitunas las corto en rodajitas y el huevo en trozos medianos.

Aliño la ensalada con una vinagreta que preparo batiendo en un bol aceite de oliva virgen extra, con vinagre de manzana, una pizca de orégano, parte de la yema de huevo rallada y un poco de sal (tened cuidado porque las aceitunas ya aportan un punto de sal). Al batirlo se espesa y se mezclan perfectamente todos los ingredientes, con lo que queda aliñada más homogéneamente que si los vertemos por separado.

Lo bueno de esta ensalada es que, además de que se prepara muy rápido y que se hace con ingredientes fáciles de encontrar y económicos, se puede llevar preparada fácilmente, bien al trabajo o incluso si nos vamos a comer de picnic. Al no tener demasiada verdura de hoja, no se queda lacia y la textura se mantiene agradable hasta el momento de comerla.

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Para llevarla fuera, queda muy bonito si utilizamos un frasco de cristal con tapa (nos vale el de los garbanzos o cualquier otro que tengamos por casa), de esta manera también, damos un poco descanso al tuper (tanto plástico…).

Espero que esta ensalada os resulte práctica y si la probáis que os guste.

Hasta pronto.

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