Rutinas

Comentaba el otro día aquí, lo poco o más bien nada que me gustan las rutinas, pues bien, parece que el mundo conspira contra mí, porque vivo rodeada de la palabra rutina. Por todas partes, en la televisión, en muchos blogs, otros tantos podcasts, en Instagram… nos hablan de rutinas: rutinas beauty, rutinas de ejercicios, rutinas de mañana y de noche ¡hay hasta tutoriales sobre distintas rutinas! Lo que me llama la atención es que ya nadie le da el sentido negativo que a mí me sugiere esta palabra y que es por cierto, el que hasta hace muy poco tiempo casi todos le dábamos. Curiosamente hasta hace no mucho nos daban consejos precisamente, para vencer la rutina, para salir de la rutina, para que la rutina no nos asfixiara… Ya sé que esto únicamente se debe a las modas en el uso del lenguaje, cuando nos da por utilizar una palabra o una expresión concreta parece que las demás desaparecen: ahora todo es “brutal”, nada empieza, todo “arranca” y “las rutinas” no tienen nada que ver con la rutina. Yo preferiría utilizar otra palabra, ritual por ejemplo, pero bueno, eso es cosa mía.

Se me ha ocurrido hablar sobre este tema porque una tarde, de las muchas que paso en las librerías, me encontré con un libro cuyo título llamó mi atención, no solo por lo largo que es, sino por impactante: “Tu segunda vida empieza cuando descubres que solo tienes una”. ¿Que os parece?

En la contraportada pude leer: ¿Cansada de la rutina? ¿Necesitas dar cuerda a tu vida? ¡Con este manual de coaching camuflado de novela romperás cualquier amago de insatisfacción!  No hay duda de que la autora tiene la misma idea de la rutina que yo. También aparecía este diálogo:                 

                  – Probablemente padece usted de algún tipo de rutinitis aguda

                  – ¿De qué?

                  – Rutinitis aguda. Es una afección del alma que afecta cada vez a más gente en el mundo, sobre todo en Occidente.  Los síntomas son casi siempre los mismos: disminución de la motivación, melancolía crónica, pérdida de referencias y de sentido, dificultad para ser feliz pese a la abundancia de bienes materiales, desencanto, lasitud…

                  – Pero …¿cómo sabe usted todo eso?

                  – Porque soy rutinólogo.

                  – ¿Rutino… qué?

Está escrita por Raphaëlle Giordano, una especialista en coaching, cohesión laboral, y gestión del estrés.

Si pensáis que compré el libro, habéis acertado y si estoy escribiendo esto es porque lo he leído. No puedo decir que sea una obra maestra de la literatura, ni mucho menos, ya nos avisan de que es un manual de coaching camuflado de novela, pero me ha gustado. A grandes rasgos la novela nos revela que se puede cambiar la vida que llevamos por una vida que nos haga más feliz y en su desarrollo explica los pasos que hay que ir dando para cambiar los aspectos de ella que consideramos negativos.

No os voy a negar que me vi reflejada en algunos aspectos de la novela, me imagino que todas hemos tenido momentos de agobio, de duda, de desesperación, de sentirse incomprendida…y de culpar o responsabilizar a los demás de ello.  Que sea posible cambiar nuestra vida no significa que sea sencillo, que más nos gustaría que poder deshacernos de todas las cosas impuestas y tener medios para llevarlo a cabo, pero aunque no sea posible dar a nuestra vida un cambio radical de un día para otro, sí que podemos hacerlo poco a poco, intentando pequeños cambios que nos hagan algo más felices cada día.

Aunque todos sabemos que en las novelas las cosas siempre son más fáciles que en la vida real y a pesar de que no espero que se produzca un vuelco en mi vida, creo que voy a intentar aplicar algunos de los consejos del rutinólogo.

En el libro nos animan a “hacer el gato”, se trata sencillamente de concedernos un ratito solo para nosotras, un momento plácido y tranquilo, bien anclado en el instante presente, en el que podemos estirarnos, bostezar, dejar que nuestras ideas floten, simplemente concentrarnos en el ser en vez de en el hacer. También nos recomiendan tener “instantes de gratitud”, es decir, agradecer todos los días lo que la jornada nos ha traído de positivo, desde el detalle más insignificante como el placer de una taza de café al levantarnos hasta la dicha más grande. Cuenta que viene muy bien tener una play list de power songs, esas canciones que cada una sabemos que nos suben la moral y nos dan energía. El pensamiento y la actitud positivas son dos aspectos importantes, permanecer erguido, sonreír, no poner mala cara, ver la parte positiva en vez de quejarse y desanimarse, enunciar las frases en modo positivo. Para luchar contra la tendencia a la negatividad, nos invitan a tener una hucha en la que meter un euro cada vez que nos dejemos llevar por un pensamiento negativo o estéril.

En el poco tiempo que ha pasado desde que leí el libro, todos los días hago el gato, os confieso que los primeros días me costaba mantenerme despierta, me ocurría lo mismo que en esos minutos que se dedican al final de las clases de yoga o Pilates a relajarse, pero ahora, los disfruto conscientemente. Actitudes negativas nunca he tenido, por lo menos no soy consciente de haberlas tenido, sigo dando las gracias todos los días por esas pequeñas cosas que a veces nos alegran, ya os hablé de ello aquí, y estoy trabajando en una power list…. ¡Por intentarlo, que no quede! Dentro de un tiempo os cuento.

Hasta pronto,

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Quiero ser como Julia Roberts

Probablemente no os acordareis, pero en mi primer post decía: Soy una mujer del 67, sí, como Julia Roberts, pero de esta galaxia”. Ya os he confesado más de una vez que no soy mitómana, pero no me negaréis que esta mujer es ¡como de otra galaxia! Lo tiene todo, en su faceta de actriz me encanta, no en vano es la protagonista de muchas de mis películas favoritas. Su vida personal es suya, no tendría porqué dar explicaciones a nadie, pero siempre ha sido discreta y nada ha trascendido más allá de lo evidente. Una vez dijo que su marido era su persona favorita en el mundo ¿se puede ser más tierna? Y desde el punto de vista estético… ¿qué queréis que os diga? ¡Me encanta!

Se me ha ocurrido escribir sobre ella porque hace poco ha cumplido 52 años, como yo, mejor dicho, los mismos que yo, y por este motivo ha sido portada de alguna que otra revista. En una de ellas (In Style) cuentan una anécdota que me ha conmovido, dicen que “en 2004 unos arqueólogos encuentran en la villa de Ohoden (Bulgaria), un esqueleto de mujer de 9000 años de antigüedad con una dentadura en perfecto estado. Deciden llamarla Julia Roberts. Nunca antes una sonrisa había hecho historia…” Ciertamente, para mí no hay otra sonrisa igual, es contagiosa, te alegra el día solo verla sonreir.

Siempre he tenido referencias estéticas, mujeres que me parecen un modelo de estilo. Desde el principio he buscado un  modelo de “señora mayor”, esa a la que te refieres cuando dices de mayor quiero ser como… No es que lo sintiera como una necesidad, pero sí que me ha dado y me da una especie de seguridad o cierta tranquilidad saber cómo quiero ser en el futuro (que cada vez está más cerca) y actuar conforme a ese objetivo. En mi caso, este modelo es Diane Keaton, concretamente la Diane Keaton de “Cuando menos te lo esperas” aunque me valdría la de cualquier película posterior. Es toda una señora en cuanto a estilo, pero además es muy jovial, activa y sobre todo, me parece que hace lo que le da la auténtica gana, que es muy libre, da la sensación de que solo responde ante ella misma ¿se puede pedir más? La he visto en algunos programas de Ellen DeGeneres y es un ejemplo de vitalidad y alegría.

Desde hace algún tiempo, según he ido cumpliendo años, además he buscado referencias de mujeres de mi edad. Julia Roberts no es la única, también están Julianne Moore o Cate Blanchett, pero sí es la más.

¿En qué pienso cuando digo referencias estéticas? No quiero decir que me parezca a ellas ¡que más quisiera!, ni que aspire a parecerme a ellas, yo soy como soy y me acepto, lo que quiero decir es que me sirven para encontrar un estilo, para resolver algunas dudas y a veces, para quitar algunos complejos. Mejor me explico… No sé si os pasa como a mí, pero muchas veces cuando veo alguna prenda que me gusta dudo sobre si es “apropiada” para mí: ¿demasiado corta? ¿demasiado ceñido? ¿ese color?. Las modelos de las tiendas, aunque algo se va avanzando en este aspecto, no suelen tener nuestra edad y a veces me cuesta visualizar el resultado en mi propio cuerpo.  En estos casos recurro a Julia Roberts. Si ella lo lleva…¡Yo también puedo! ¿Y por qué? Porque es una mujer que representa los valores estéticos que me gustan: ante todo es muy discreta, nunca resulta excesiva; es fina, no parece que le guste llamar la atención; es elegante, pero sin ir excesivamente arreglada; y sobre todo, siempre va apropiada, sabe como ir en cada ocasión, manteniéndose siempre fiel al mismo estilo. El suyo.

Ya sé que quizá no hable muy a mi favor el hecho de “necesitar” orientación estética a mis años. Sobre todo ahora que nos intentan convencer de que lo mejor que te puede pasar en la vida es tener más de 50 años, porque a esa edad todo es mejor: somos más seguras, más independientes, más solventes…etc. Perdonad que discrepe. Tener 50 años es algo que nos pasa, pero no es lo mejor, ya sé que tampoco es lo peor, pero me niego a idealizarlo. Es un proceso que va como en paralelo a tu vida, envejeces, pero tu mente no se entera, te sientes la misma chica de siempre, pero eres una chica de más de cincuenta, y a veces no sabes muy bien cómo “situarte”. Para el día a día, para vivir tu vida eres tú la tiene que bucear en tu interior y buscar el sitio en el que quieres estar, nadie puede decírtelo ni debe imponértelo (hasta ahí podíamos llegar), pero para temas menos serios, más frívolos como es tu aspecto, viene bien buscar una ayudita… ¿No os parece?

Hasta pronto,

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“¿Por qué  permanecer sentada aquí, si me aburro con toda esta gente, y no salir a ver qué hay fuera? Se trata de dar ese paso que puede cambiarlo todo.” –Julia Roberts-

Mujeres que compran flores

Hace bastante tiempo una amiga me recomendó esta novela, me dijo que le había gustado mucho, aunque me confesó que la había “revuelto” un poco por dentro. Yo ya había leído la sinopsis y era candidata a venirse a casa conmigo, así que tras su recomendación la apunté en mi lista de pendientes.

Un poco antes del verano encontré por casualidad una edición de bolsillo muy bonita y me la compré con la intención de leerla en la playa. Como ya os he comentado alguna vez, últimamente parece que me persiguen las casualidades y antes de que pudiera leerla hablaron de esta novela en una cuenta que sigo en Instagram en la que comentan libros. Los comentarios sobre ella eran dispares, como sobre casi todos los libros, había opiniones buenas y otras no tan buenas. A mí me ha gustado y también me ha revuelto un poco, no sé si habrá sido porque estaba un poco predispuesta o quizá porque me esperaba otro tipo de historia. Cuando vi el libro, con esa ilustración tan bonita en la portada y leí la sinopsis (*) pensé que sería un poco más ligera, no creí que fuera a profundizar tanto en las relaciones y claro, siempre que se incide en ellas, sobre todo si se trata de relaciones de pareja, te remueven. Y digo que te remueven porque te hacen pensar, ver cuál es tu situación, si se parece a alguna de las que estás viendo y a veces intentas verte reflejada en alguna de esas mujeres y otras sin embargo te esfuerzas en no parecerte a ninguna de ellas o te intentas convencer de que no te pareces en absoluto. En cualquier caso, te invita a analizarte y eso, nunca viene mal, muy al contrario, creo que nos hace bien, incluso me atrevería a decir, que muy bien.

Además del análisis al que me acabo de referir, de esta novela me han gustado varias cosas. Me ha encantado la ambientación de la misma. Se desarrolla en el madrileño barrio de las letras, mi preferido, por sus calles estrechas y concurridas, por las plazas llenas de terrazas, y además se desarrolla en verano, con referencias a sus cálidas noches. Me ha gustado también mucho la amistad que nace entre mujeres tan distintas, una amistad muy libre ¡que envidia me daban esas reuniones improvisadas tomando un vinito en El Jardín del Ángel! (por cierto, el lugar existe) Desahogándose y dándose apoyo entre ellas, a pesar de sus diferencias, valiéndose de sus experiencias para dar consejos y ánimo. Y especialmente, me ha gustado y sorprendido, el lenguaje de las flores. Me gustan mucho las flores, suelo comprarlas de vez en cuando, me gusta el plan de salir el domingo a comprar un ramo, que huela a flores cuando llegas a casa…. Tengo mis flores favoritas, como todo el mundo, supongo, pero nunca me había interesado especialmente por el significado de cada una de ellas, me sonaba lo de las rosas rojas y las rosas blancas, pero poco más. Cuando terminé el libro, me picó la curiosidad y me puse a leer sobre este tema. Me pareció fascinante, curiosamente tiene un nombre, se llama floriografía y hay varios libros y artículos muy interesantes sobre el tema.

¿Sabíais que en la época victoriana se comunicaban a través de los ramos de flores que se enviaban? Yo no, pero parece que era una forma de burlar las estrictas normas morales que imperaban entonces, y he leído algunos ejemplos curiosísimos: si se recibían del revés, querían decir lo contrario del significado real y según con qué mano se entregaran respondían con un sí (derecha) o con un no (izquierda) a una pregunta, mezclando distintos tipos de flores o distintos colores, transmitían verdaderos mensajes. ¡Qué arte!

Hoy en día, a cada personalidad se le asigna una flor que la describe, en mi caso han acertado de pleno (es el tulipán, por cierto) y cada flor significa una cosa, incluso la misma flor, significa cosas diferentes o alude a distintos aspectos según su color. Un ramo de Dalias, por ejemplo, es símbolo de gratitud, la Margarita es el símbolo de la pureza y de la inocencia, la Amapola representa la tranquilidad, la Peonía simboliza la timidez, dicen que es la forma que tienen las personas muy tímidas de decir te quiero, con un ramo de peonías rosas, la popular Rosa, si es blanca significa pureza, en cambio si es roja, significa amor, pasión y si es rosa, es símbolo del primer amor. Curioso ¿verdad? Ahora cuando tenga que regalar flores, no sé si hacerlo en función de los gustos o de los significados, porque me encantan los tulipanes, especialmente los blancos y he descubierto que significan amor extremo… ¡Habrá que pensarlo!

Después de estos descubrimientos, seguiré comprando flores, pero en maceta, me da tanta pena que se sequen… y como van a ser para mí, seguiré comprando tulipanes blancos (porque me quiero mucho) y calas amarillas, que significan escucha tu corazón aunque, sobre esta flor no hay unanimidad en lo referente a su significado, también hay que decirlo. En cualquier caso, signifiquen lo que signifiquen, son preciosas y nos alegran la vida ¿que más se puede pedir?

Hasta pronto,

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(*) Después del fallecimiento de su pareja, Marina se da cuenta de que está totalmente perdida: había ocupado el asiento del copiloto durante demasiado tiempo. Buscando empezar de cero acepta un trabajo provisional en una curiosa floristería llamada El Jardín del Ángel. Allí conocerá a otras mujeres muy diferentes entre sí, pero que, como ella, se encuentran en una encrucijada vital con respecto a su trabajo, sus amantes, sus deseos o su familia. De la relación entre ellas y Olivia, la excéntrica y sabia dueña del local, surgirá una estrecha amistad de la que dependerá el nuevo rumbo que tomarán sus vidas.

El final del verano

Mientras escribía la frase que da título al post de hoy, venía a mi cabeza aquel último capítulo de la mítica serie que “marcó” nuestra adolescencia, más que nada por la reiteración, ¿cuántas veces la repusieron? Me refiero como os imagináis a “Verano azul”. En aquel último capítulo mientras se oía de fondo la canción del Dúo Dinámico (“El finaaaal, del veranoooo, llegó…”) se veía a una tristona Julia despedirse de aquel verano tan especial.

Aunque nací en invierno y siempre asocio esta estación con momentos confortables, soy una mujer de verano. No solo por el sol y el calor, sobre todo por la LUZ. No me gusta la noche, me desagrada la oscuridad, todo me parece más feo y más peligroso. Me paso el día subiendo persianas y abriendo cortinas, tengo esa hambre de luz típica de los nórdicos, que a pesar del frío imperante, prescinden de todo aquello que pueda privarlos de la luz.

Por eso soy tan feliz en verano, porque tengo muchas horas de luz, los días me cunden mucho más, incluso me parecen más largos a pesar de que siguen teniendo las mismas horas.

No se si a más personas les ocurre lo mismo que a mí, me imagino que sí, pero es curioso que mientras que en invierno, cuando salgo del trabajo siendo prácticamente de noche, me cuesta un esfuerzo hacer cualquier cosa o ir a cualquier sitio, a partir de la primavera, ya desde que se adelanta la hora y aún más en verano, no me da ninguna pereza ir a sitios o hacer cosas que en invierno ni me planteo, tengo la sensación de que todavía queda mucho día por delante.

Pero el verano no me gusta solo por la luz, claro, de esta época me encanta poder romper con las rutinas que me atan durante el resto del año. No sé si ya lo he comentado alguna otra vez (ay, esta cabeza mía…!) en cualquier caso no recuerdo haber profundizado en ello. No me gusta la rutina. Sé que muchas personas se encuentran muy a gusto en la rutina o con sus rutinas personales, de hecho seguro que alguna vez habéis dicho u oído decir “qué ganas tengo de volver a la rutina”. Confieso que yo misma, en alguna ocasión he tenido la tentación de hacer esa misma afirmación. Visto ahora con la perspectiva que da el tiempo, creo que simplemente es una consecuencia del caos organizativo que nos supone a los padres y madres tener a los niños de vacaciones, nada más. Cuando pasa el tiempo y ya no nos acucia ese problema, te das cuenta, por lo menos yo así lo siento, de que cuanto más rutinaria es tu vida, menos libre te sientes, diría incluso que menos persona, menos ser humano. Me explico. Los días de bajón, esos días tontos que todos tenemos a veces, en los que te cuestionas todo y todo te parece malo, pienso lo fácil que sería sustituirme por un robot, lo sencillo que sería “programarme”: todos los días me levanto a la misma hora, hago las mismas cosas en el mismo orden, salgo de casa a la misma hora, coincido en el metro con las mismas caras, llego al trabajo, salgo del trabajo, vuelvo a casa. Día tras día, mes tras mes y año tras año. Qué tristeza ¿no? (ya os he avisado… lo del bajón).

Sin embargo, en verano y especialmente en vacaciones, cada día es distinto o por lo menos puede serlo y ¡esa posibilidad es la que me motiva! No hay “obligaciones” más allá de las que suponen cubrir unas necesidades básicas, no hay horarios impuestos y tenemos más tiempo a nuestra disposición (emoji de los aplausos). Tiempo para hacer lo que queramos, aquello que nos apetezca, que nos guste… Incluso para no hacer nada. Porque ocurre a veces que nos metemos en una espiral de hacer y hacer cosas, todas esas que no podemos hacer durante el resto del año, que acabamos igual de estresados.

¡¡Hay que APRENDER A NO HACER NADA y a no sentirse culpable por ello!! El dolce far niente. Descansar es tan necesario… Me costó mucho entender que estar tumbada viendo pasar las nubes no es “perder el tiempo”, que escribir en un cuaderno ese montón de frases hermosas que encuentro en los libros que leo o en las revistas, no es “perder el tiempo” y que la siesta (aunque a mí no me guste) es un regalo que hay que aprovechar y agradecer, y sobre todo, que no se necesita dar la vuelta al mundo en 30 días para tener la sensación de haber disfrutado y exprimido tus vacaciones, porque a veces la que acabas exprimida eres tú.

Por otro lado, también hay que aceptar que ordenar un cajón, si te apetece, no es malgastar las vacaciones, y que dedicar un par de tardes o las que a ti te apetezcan, a cambiar los muebles de sitio o a poner cojines nuevos o unas flores para dar un aire distinto a tu casa, tampoco. Todo aquello que pueda suponerte una alegría va a resultar una buena “inversión”. Cada uno sabemos lo que es bueno para nosotros, para nuestro descanso y nuestro bienestar, solo hay que decidirse a hacerlo.

Dicho esto, este verano que ya se nos ha acabado (emoji de las lágrimas) ha sido un buen verano. Hace varios años que son buenos,  desde que decidí que debía ser yo la que eligiera como quería que fuese mi verano, sin dejarme llevar por inercias, campañas publicitarias, modas… Aprovechar para hacer un viaje no muy largo, ni muy cansado a un destino fácil y seguro, algunos días de playa, muchos libros, dormir, unas cañas, terrazas… Lo que a mí me gusta. También he tenido mucho tiempo para pensar y cuando se piensa no siempre se llega a conclusiones o aún llegando, no siempre se tiene el valor o la posibilidad de llevarlas a cabo. Tengo pegada en la agenda una frase que recorte este verano del suplemento de algún periódico que dice lo siguiente: “En verano te replanteas si la vida que llevas es la que quieres. Y dudar es de valientes” Debo de ser muy valiente, porque dudo mucho. No puedo decir que la vida que llevo es la que quiero, pero si puedo decir que la vida que quiero se parece mucho a la que llevo en verano, por eso me duele tanto que se acabe.

Hasta pronto,

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Hace un tiempo os prometí un post sobre el té aquí, así que aunque un poco tarde voy a cumplir mi promesa y voy a hablaros del té y de mi relación con él.

No ha sido este un país de infusiones, de hecho, hasta hace unos años las infusiones tenían principalmente un uso terapéutico, por lo menos en mi entorno más cercano. Se tomaba manzanilla para asentar el estómago, tila para calmar los nervios y el té quedaba relegado a los casos de gastroenteritis, junto con la sopa de arroz y el yogur de limón. En mi mente siempre estuvo presente esta asociación y me negaba tajantemente a tomar una infusión fuera de estas situaciones.

Dicen que rectificar es de sabios… Hace algún tiempo empecé a cambiar de opinión respecto de las infusiones, poco a poco fui probando distintos tipos, distintas mezclas y cada vez me gustan más ¡hasta el punto de recomendároslas!

Antes de nada he de decir que prefiero el café, si he de optar entre uno u otro, me quedo sin ninguna duda con el café, de hecho, ya he comentado alguna vez que nunca tomo té en el desayuno, pero es una muy buena opción para media mañana o media tarde. También suelo recurrir a él en los sitios en los que no sé si el café es bueno y en esta época en la que por el calor no te apetece tomar un café, recurro al té con hielo, porque el café con hielo no me acaba de convencer.

Clases de té hay muchas, tipos de mezclas con té también y tipos de infusiones que no llevan té, ni os cuento. No pretendo en este post hacer una enumeración exhaustiva de los beneficios de cada uno de ellos, si alguien tiene interés en ello, puede recurrir a fuentes mucho más fiables que yo, únicamente voy a limitarme a deciros cuales son mis favoritos y cuales considero que son los más fáciles para tomar al principio y así ir acostumbrándose. Yo al principio solo tomaba infusiones sin té, luego pasé a las mezclas de té y ahora ¡me gusta hasta la bolsita de té de toda la vida!

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Hay muchas personas a las que les gustaría tomar infusiones pero tienen todavía ciertas reservas. Para quienes tengan muy claro que nos les gusta el té, son muy agradables las infusiones de menta, de regaliz, de distintos frutos… Seguro que alguna de ellas os gusta, a mí me encanta una que se llama fresh mint, está riquísima.

Si queréis ir tomando contacto con el té, para empezar yo os recomendaría probar el rooibos. En realidad no es un tipo de té, de hecho no tiene teína, con lo que se puede tomar sin miedo al insomnio, son unas infusiones muy fáciles de tomar, que además tienen efecto antioxidante. Normalmente no compro el rooibos puro, sino que opto por los aromatizados, el de naranja está buenísimo y se puede tomar tanto frío como caliente y también es muy rico y muy fácil de tomar el de frutos del bosque.

Si pasamos al té, tanto el blanco, como el verde, el rojo, el negro o cualquier otro tipo, también podéis encontrarlo puro o aromatizado. A mí me parece más agradable el aromatizado y de entre todos los tipos de té el que más me gusta es el negro. Mezclas hay muchísimas: con frutas, con chocolate, con vainilla, con almendra… Es imposible que no encontréis alguna que os guste.

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Curiosamente, a pesar de mi afición al té, aún no he probado la variedad matcha, que tan de moda se ha puesto ahora y al que tantísimas buenas propiedades adjudican, quiero tomarlo en algún sitio que lo pongan rico… Ya os contaré.

Por último quiero recomendaros que os acerquéis a alguna tienda de tés porque es una experiencia muy agradable. Aunque en cualquier supermercado tenéis cientos de infusiones o tés de todo tipo, merece la pena pasarse por una tienda especializada. El ambiente es muy tranquilo, suelen estar decoradas con mucho gusto y el personal está muy preparado para orientarte. Las mezclas siempre están recientes y con todo su aroma, te recomiendan el que creen que es más apropiado para ti según lo que les cuentes, te dejan oler las mezclas, te dicen cuánto tiempo debe infusionar, si se puede tomar frío, la proporción de agua, todo lo que necesites, y te ofrecen muestras para que puedas probar antes de comprar. Además siempre tienen los tés “de temporada” preparados para degustar, ahora tienen los especiales para hacer con hielo y en Navidad, por ejemplo, suelen tener mezclas especiales para esa época del año, el té de Adviento, mi favorito, es una maravilla, forma parte de mi lista fija de compras navideñas.

Si tuviese que poner un pero al té, quizá sería que es un poco caro… los más baratos andan por unos 7 € los 100 gr., pero con un paquetito de 100 gr. llega para más de 30 tazas, así que salvo que seáis bebedoras compulsivas tampoco me parece que sea un dispendio.

Por último, cuando tengáis que hacer un regalo o traer un detalle de vuestros viajes, no descartéis esta idea. Para las personas aficionadas al té hay todo un mundo de posibilidades además del propio té, tazas, vasos, teteras…¡Anotadlo para el futuro!

Espero haber animado a las que estéis con dudas sobre las infusiones, es cuestión de ir probando y descartando los sabores que no os encajen hasta encontrar vuestra favorita.

Me vais contando.

Hasta pronto,

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Smoothies

A mis hijas de pequeñas no les gustaba comer fruta, me daban mucha envidia esos bebés que iban en sus sillitas comiendo fruta de un tupper. Yo lo intenté, pero nunca conseguí que se la comieran. Les encantaba, sin embargo, el yogur, especialmente el yogur líquido. Un día que no tenía, decidí hacerlo yo, pasé por la batidora un yogur con un plátano y unas fresas y les encantó. Aquella fue la primera vez y desde entonces no he parado, cualquier tipo de fruta me sirve, aprovecho siempre que puedo las de temporada.

Hace unos años que hemos sido invadidos por los smoothies, nos los ofrecen en casi todos los sitios como paradigma de lo saludable. Reconozco que me encantan y que recurro mucho a ellos, no sé si serán tan sanos como nos cuentan, pero los que hacemos en casa tienen la garantía de llevar productos naturales, o por lo menos, sin aditivos raros.

De un tiempo a esta parte he aprovechado la misma táctica para que coman verduras crudas y me he apuntado a la moda del green smoothie. No persigo ningún efecto detox  -en alguna ocasión leí que el cuerpo no llega a contaminarse hasta el punto de necesitar una desintoxicación (esa función la cumple el hígado) y que en caso de estar tan contaminado se necesitaría algo más que smoothies de apio para limpiarlo- me conformo con que se coman las verduras, normalmente espinacas y pepino. Es cierto que el color al principio impresiona un poco, pero una vez que se prueba, gusta.

Si me pongo a analizar los smoothies, solo les veo ventajas:

* es una forma de comer fruta fresca, se aprovecha el 100% de la fruta, frente a los zumos que desechan la pulpa y todos sus beneficios.

* sirven para dar salida a esa fruta que a veces madura demasiado rápido y acaba poniéndose mala.

* admiten cualquier combinación, tú eliges lo que te gusta, es ir probando distintas mezclas. Yo normalmente los hago con yogur, pero se pueden hacer con leche o con bebidas vegetales en caso de querer o de tener que evitar los lácteos o incluso sin ninguna de las dos cosas si se hacen con frutas como el melón, la sandía o  la naranja,  ya que debido a su alto contenido en agua quedan suficientemente líquidos. De esta manera además, evitas que la leche se ponga mala si vas a llevarte el smoothie fuera de casa.

* son fáciles y rápidos de hacer y se pueden llevar a cualquier sitio, de hecho yo siempre me llevo uno a la playa. Para hacerlos utilizo la batidora de vaso. Cuando era pequeña mi madre tenía una de esas batidoras, lo recuerdo porque en un despiste suyo, la puse en funcionamiento sin que tuviera la tapa puesta y se montó una buena… Después empezaron a usarse las batidoras de brazo y ya nunca más se supo. De unos años a esta parte han regresado y me declaro fan absoluta de ellas, sobre todo por su comodidad. Tengo una grande nuevita que uso mucho, pero sin duda alguna a la que más partido he sacado es a la Amazing Bullet. Es la comodidad en estado puro y práctica al extremo, en el mismo vaso en el que preparas el smoothie puedes beberlo y trae varios vasos de distintos tamaños, para batir o picar lo que necesites. Todo un invento, además es chiquitina, no ocupa nada y no te da pereza sacarla ni limpiarla después. Para lo poco que me costó lleva cinco años dándolo todo.

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Mi green smoothie favorito, si por green entendemos que lleva verdura, es el que hago con yogur, pepino, espinacas, plátano y limón (el de la foto), también el de remolacha, zanahoria, naranja y limón, este admito que es más difícil que guste a todo el mundo, pero a mí me encanta. Green, pero solo por el color, porque no lleva verduras, es el que hago con yogur, melón, kiwi, uvas y plátano, riquísimo también.  A los niños, les gustan más los que llevan plátano, porque su sabor es muy reconocible y lo suficientemente potente para “encubrir” otros sabores que igual no les resultan tan atractivos, el otro de la foto lleva yogur, plátano, nectarina y albaricoque, y está realmente bueno. Hay tantos…

A ver si os animáis y probáis alguno, del color que sea, lo bueno es variar. Ya me contaréis.

Hasta pronto,

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Cosas sencillas, humildes y deliciosas

Recuerdo perfectamente lo poco que me gustaba la filosofía. Los días que me tocaba clase de esa asignatura eran los peores de la semana y los exámenes para mí terminaban cuando hacía el de filo. Por aquel entonces era una buena estudiante pero tenía clarísimo que mi bachillerato iba a ser de ciencias y aquella asignatura obligatoria, igual precisamente por eso, por ser obligatoria, consiguió amargarme el curso, igual que hizo el latín el curso anterior.

Para mí la filosofía consistió en memorizar lo que otras personas habían pensado hacía mucho tiempo sobre unos temas concretos, la mayoría de los cuales, con 16 años, no me resultaban en absoluto interesantes. Nunca pude encontrar la utilidad a esta asignatura, también he de reconocer, que nunca le di la más mínima oportunidad.

He recordado todo esto a raíz de leer un artículo muy interesante en el que una filósofa y dos filósofos reflexionan sobre la conveniencia de estudiar filosofía, todos coinciden en que sí aunque uno de ellos cree que no de manera obligatoria.

¿Conviene estudiar filosofía? Estudiarla con buenos profesores te va a ayudar a pensar de una manera más rica. (Josep María Esquirol)

¿Le parece bien que se enseñe filosofía? Hay gente a la que no le gusta, les parece poco práctica en el sentido más bellaco. No lo es. Solo faltaría que solo aprendiéramos cosas prácticas: no somos esclavos. (Amelia Valcárcel)

¿Debe ser la filosofía una materia obligatoria de estudio? Tengo dudas. No se si se debe forzar. Las claves humanísticas que nos van a servir como personas, cuando aparecen filtradas por los códigos académicos pierden esa magia, esa capacidad de descubrimiento. (Jorge Fernández Gonzalo)

Durante las entrevistas que hacen a cada uno de ellos, reflexionan sobre diferentes aspectos, alguno como el sentido de la vida y la idea de la felicidad me han hecho pensar y de alguna manera, arrepentirme un poco de haber sido tan dura con la filosofía.

Sobre el sentido de la vida, relataba uno de ellos (J.M.Esquirol) que “una persona puede tener una gran vida espiritual y dedicarse a viajar mucho, pero no hace falta. No hace falta mucho viaje, mucha aventura. No es necesario conocer muchas culturas para tener una gran vida espiritual”. La filósofa (Amelia Varcarcel) sin embargo, al ser preguntada por el mismo aspecto, dio una respuesta totalmente diferente, tan sencilla y humana que hizo que me identificase totalmente con su opinión. Decía: “Si se refiere a si nuestra vida merece la pena ser vivida, digo: radicalmente sí. Vale más una hora sobre la piel de la Tierra disfrutando del sol que toda una eternidad sin haber nacido”. Cuando leí su respuesta pensé que algo muy similar se me pasa por la cabeza cuando apurada y centrada en mis problemas, de repente algún músico en la calle está tocando el violín… Pocas cosas hay que me conmuevan más que el talento musical (del que carezco totalmente). Esos pocos minutos compensan de sobra el resto del día, aunque éste haya sido malo.

Cuando hablan sobre la felicidad, no todos coinciden en sus reflexiones. Para la mujer “la felicidad son cosas sencillas, humildes y deliciosas, como que llueva, que una persona amiga te dé una buena noticia, que se cure quien lo necesita, que vayas a un lugar y lo que te den esté preparado con cuidado, porque todo lo que tiene cuidado tiene cariño… La felicidad son cosas muy pequeñas y deliciosas”. En cambio Jorge Fernández Gonzalo, cree que “no tenemos que aprender a ser felices, sino aprender a resistirnos a la felicidad. La felicidad es una imposición social”, piensa que “parece que estamos obligados a salir mucho los fines de semana, a viajar, a vivir un montón de experiencias… y eso nos agobia, nos produce depresiones, inestabilidad. Creo que la filosofía nos debe enseñar a saber no ser felices” y concluye que “tenemos que aprender que el no ser felices forma parte de nuestra vida psíquica y de nuestra forma de estar en el mundo”. Qué dos puntos de vista más diferentes ¿verdad?

Mucho se habla de la felicidad, todos hablamos de ella, cada uno tiene su propia opinión al respecto, algunos ni siquiera tienen una idea clara de lo que es o de lo que supone, pero puestos a escoger, yo prefiero la opción de encontrar la felicidad en las cosas sencillas, me reconforta mucho este pensamiento (ya he hablado más veces de ello), aunque reconozco que igual sí que es cierto que se nos debería enseñar a convivir con situaciones o sentimientos desfavorables, también eso de alguna manera contribuye a que seamos un poco más felices o menos infelices.

Sin embargo, de todas las respuestas y comentarios que he leído u oído sobre la felicidad, me quedo con las palabras de la actriz Lidia San José. Decía en una entrevista: “el objetivo de mi vida es ser feliz, y la felicidad es un trabajo, hay que currárselo, no se es feliz por inconsciencia. Yo intento apartar las cosas que me duelen”. Pero lo que en realidad me gusta es este razonamiento: “me parece muy egoísta quejarme habiendo nacido en el primer mundo, a finales del siglo XX, en una familia de clase media y teniendo salud. Recibir esa fortuna por nacimiento y no disfrutarla… No es de recibo. Así que por toma de conciencia, he decidido ser feliz y disfrutar de las pequeñas cosas: abrazar a mi perra, acostarme con sábanas limpias…”

Coincido plenamente, y añado que la gratitud es muy necesaria y también produce mucha felicidad ¡tanta como infelicidad produce la envidia!

También relacionado con la felicidad, pero refiriéndose a ello como “cosas extraordinarias” la actriz Toni Acosta en su columna de In Style del mes de Julio (Cosas mías, siempre una delicia leerla, os la recomiendo), nos ofrece una maravillosa lista de pequeñas cosas sencillas que le resultan extraordinarias. Pensaba resumiros las que más me han gustado, pero algunas pierden sentido si no se leen todas, así que aquí os dejo el artículo entero. Disfrutadlo y, tal y como nos recomienda Toni, haced vuestra propia lista.

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Hasta pronto,

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Lecturas y lectoras III

Se acerca el verano, las tardes son muy largas y el tiempo invita a la lectura… Por eso el post de hoy va de libros, de libros que leí hace tiempo pero que siguen teniendo un huequito en mi corazón.

La primera novela de la que os quiero hablar es “El lector” de Bernhard Schlink. Es posible que os suene porque se hizo una película basada en la novela, protagonizada por Kate Winslet. No se puede decir que sea nueva, yo la leí en 1998, pero guardo muy buen recuerdo de ella, y siempre que la he prestado o recomendado, ha gustado. Qué mejor resumen que el que aparece en la contraportada del libro y que me animó a comprarla:

“Su ritual amoroso tenía un orden inalterable: lectura en voz alta, ducha, amor y luego holgazanear en la cama hasta que ella se dormía. Michael tenía quince años y recordaría siempre aquellas tardes como las más felices de su vida. Quizá por ello no reparó en el significado de la extraña condición que Hanna había puesto desde el principio de su relación: antes incluso del primer abrazo, él debía leer en voz alta para ella. Es así como Goethe, Dickens, Schiller y Tolstoi se convirtieron en el preludio de sus juegos amorosos hasta que un día Hanna desapareció de la ciudad sin dejar rastro.

 Siete años más tarde, Michael, estudiante de Derecho que asiste como oyente a un juicio por crímenes nazis, observa con horror la silueta inmóvil de su antigua amante sentada en el banquillo de las acusadas. Hanna debe responder por sus crímenes y aunque hay varias inculpadas, sólo ella parece indiferente al veredicto. Cuando en un momento del juicio Michael descubre que no es el único al que le pedía leer en voz alta, el dolor se abre paso entre las grietas de su memoria y emerge el pasado con luminosa claridad la clave que le permite descifrar el enigma de Hanna, el secreto que ella ha guardado durante toda su vida y que no es otro que el drama de su profunda indefensión.

A partir de ese momento, Michael se debate entre el amor por Hanna y la necesidad de justicia: quiere comprender y condenar, decubriendo que en la comprensión resulta difícil condenar y que la condena no deja paso a la comprensión”.

“El hombre que olvidó a su mujer” de John O’Farrell, no tiene nada que ver con el anterior. Se trata de una historia actual, de arrepentimientos y de segundas oportunidades, de cómo no apreciar lo que se tiene provoca que se pierda y pueda no recuperarse… Os dejo el resumen:

“No hay mayor ironía que un hombre que estudia el pasado olvide el suyo propio. Eso es precisamente lo que le ha sucedido a Vaughan, un profesor de historia londinense entrado en la cuarentena que un día se encuentra de pronto en un vagón de metro sin acordarse absolutamente de nada. Su nombre, el lugar donde vive, sus amigos, su familia…todo ha quedado relegado a un desconcertante olvido que lo lleva a deambular por la calle pidiendo ayuda y, finalmente, a una cama de hospital, con una solitaria etiqueta en la muñeca con la indicación HOMBRE BLANCO DESCONOCIDO.

 Pero no está todo perdido: gracias a la insistencia de su compañero de habitación, Vaugham logra contactar con su amigo Gary, quien se encargará de ponerlo al día. Así Vaugham sabrá que no solo tiene un nombre, sino también un trabajo, y una casa, y dos hijos y una esposa llamada Madaleine. Averiguará también que su matrimonio era un desastre con fecha de caducidad, un divorcio que le resultará francamente difícil de entender cuando descubra que su esposa es sin duda la mujer más atractiva que jamás haya visto. Puede que el destino haya elegido para Vaughan una insólita manera de concederle una segunda oportunidad, de permitirle rehacer una vida que parece haber echado por la borda y salvar un matrimonio que, a primera vista, jamás debería haberse ido al garete. Pero el camino no será nada fácil, y para recorrerlo tal vez deba renunciar al que parece responsable de todo aquel desaguisado: su viejo yo”

Dura y tierna a la vez, me gustó mucho. Me parece una historia que nos hace reflexionar sobre cómo nuestras decisiones pueden llevarnos a situaciones que no queremos, y cómo a veces resulta más fácil dejarse llevar que luchar para cambiarlas.

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Por último, os quiero hablar de “El curioso incidente del perro a media noche” de Mark Haddon. El resumen del libro es el siguiente: “Christopher Boone tiene quince años y padece una extraña forma de autismo. No permite que nadie le toque, emplea el vocabulario de un modo singular y para el no existe un punto medio entre lo que le atrae y lo que le repele. Christopher vive con su padre, un enigmático individuo recién enviudado que le ha educado en el rechazo a la mentira. Una mañana, el niño descubre el cadáver de un perro en su calle y, tras ser interrogado por la policía como presunto asesino y quedar en libertad, resuelve que será él mismo quien investigue el caso. Después de algunas pesquisas, Christopher empieza a sospechar que su padre le oculta algo, y a medida que su investigación avance la realidad irá desprendiendo de su complaciente manto infantil hasta descubrirse como algo parecido a una ominosa ecuación matemática que sitúa al progenitor demasiado cerca del enigma. Entre las cartas precintadas que su padre guarda en un cajón de su dormitorio y las consignas involuntarias de una viejecita vecina de Christopher, el niño irá atando los cabos de un caso desconcertante. Una vez desentrañado el embuste, el mundo de Christopher se tambalea: no tiene edad para emanciparse pero las revelaciones de su investigación le impiden seguir viviendo bajo el mismo techo que su padre. El niño emprenderá entonces una conmovedora odisea que le llevará hasta los brazos de una persona que había sido borrada de su mapa emocional.”

Una conmovedora historia que nos da otra visión del mundo, contada desde el punto del vista de un niño muy peculiar, su relación con su padre, su vecina y su profesora,  una lección sobre la amistad, la tolerancia y la superación. Tiene momentos muy divertidos y otros…no tanto. Para quien no le guste mucho leer, hay obra de teatro basada en esta novela.

Espero que alguno de estos libros os resulte interesante, ya me contaréis.

Hasta pronto,

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Sandwiches

No sé como sería en vuestro caso, pero mi primer recuerdo de los sándwiches se remonta a las celebraciones de los cumpleaños infantiles. Lo típico entonces eran los sándwiches y el chocolate con churros. Eran los clásicos de jamón y queso y nos referíamos a ellos simplemente como sándwiches, sin ningún calificativo, no era necesario, solo había esos, más adelante empezaron los vegetales pero durante muchos años nos quedamos ahí.

Ni de lejos asociábamos el término sándwich con la traducción al inglés de la palabra bocadillo y que como tales se podrían hacer de cualquier cosa, yo creía que la denominación sándwich venía dada por usar pan de molde…

Desde entonces hasta ahora la evolución ha sido impresionante, tanto en variedad como en calidad. Tenemos actualmente sándwiches de todo lo que podamos imaginar, y en muchas ocasiones, son muy buen recurso cuando estamos en algún país cuya comida no nos atrae demasiado. Leí una vez un artículo a cuyo autor le encanta el sándwich club, de hecho es su favorito y ha comprobado que lo ofrecen, con el mismo nombre y muy parecida receta (pollo y bacon), por casi todos los países en los que ha estado. ¡Suele ser una apuesta segura en caso de duda!

Para las personas que comemos fuera de casa es una buena opción, es fácil de transportar –más ligero que el tupper o el termo-  fácil de comer –no necesitas calentarlo ni usar plato o cubiertos- por lo que te da mucha libertad y la posibilidad de tomártelo, tanto en el trabajo si el tiempo no acompaña como en algún parque esos días en los que el sol se decide a acompañarnos.

Lo bueno del sándwich es que siempre hay alguno que te guste, porque eres tú quien decide qué poner en él. De esta manera lo pueden tomar personas con intolerancias alimentarias o con dietas vegetarianas o veganas, porque es muy sencillo evitar los alimentos que no se puedan o quieran utilizar. Es además muy sencillo incluir en el los 3 tipos de alimentos que se recomiendan para que se convierta en una comida saludable: los carbohidratos del pan, las vitaminas de las verduras y las proteínas de la carne, pescado o huevo, y si lo acompañamos con una pieza de fruta ¡hemos comido estupendamente!

Los sándwiches además, lo aguantan todo y las posibilidades hoy en día se han elevado hasta el infinito. Si empezamos por el pan, hay miles: sin gluten, con semillas, con frutos secos, integral… La verdura, si la queremos cruda, no tiene porqué ser siempre la socorrida lechuga, pueden ser también berros, brotes o germinados, espinacas, cebolla… y si las queremos cocinar previamente, pimiento, calabacín, berenjena… La proteína de la carne o del pescado, así como la del huevo, puede ir cocinada como más nos guste: una pechuga de pollo o pavo a la plancha, un filete de merluza rebozado, salmón ahumado, huevo cocido o escalfado, tofu o seitán, también algunas frutas, como el aguacate, la manzana, la granada o la pera, caben perfectamente en un sándwich.

Por último, pero no menos importante, a mí los sándwiches me sirven para aprovechar los restos de comida, ese trozo de pescado que ha sobrado de la cena me sirve para hacerme un sándwich riquísimo al día siguiente, lo mismo que un filete de pollo.

El sándwich que os voy a proponer, es una versión que he hecho de uno que probé en una cadena de restaurantes que se llama Sandwich California. La receta original es la siguiente:

            Pan de 12 cereales y semillas

            Verduras asadas: pimiento rojo, calabacín

            Brotes de cebolla

            Espinacas

            Albahaca

            Aguacate

            Cebolla frita

            Queso de cabra

            Vinagreta de hierbas

Yo no pongo queso ni cebolla frita porque este sándwich lo preparo cuando quiero comer “limpio” y en vez de vinagreta le echo un chorrito de aceite de albahaca, que me parece más suave que la propia albahaca. Queda muy suave y se come bien tanto frío como caliente.

Si os animáis a probarlo y os gusta, me contáis.

Hasta pronto,

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Las chicas de oro

Hace cosa de un mes leí una noticia que me produjo escalofríos. Habían aparecido en un piso los cadáveres de dos mujeres sin signos de violencia. No me enteré si llegaron a confirmarlo después, pero comentaban entonces que podría tratarse de una mujer mayor y dependiente y de su cuidadora, esta última habría fallecido repentinamente por causas naturales y la primera por falta de atención. Me causó tal impacto que cada vez que lo recuerdo se me agita el alma.

Seguro que os acordáis de una serie americana de los años 80 que se llamaba “Las chicas de oro”, en ella se relataban en clave de humor, las aventuras y desventuras de cuatro mujeres maduras, que cada una por distintos motivos habían decidido compartir casa. Me encantaba esta serie porque cada personaje era la caricatura de un tipo concreto de mujer y porque los guiones eran ágiles y divertidos, pero lo que más recuerdo era cuánto me gustaba la idea de que personas mayores pudieran compartir casa y vida, a pesar de ser todas tan diferentes. Ha venido a mi memoria esta serie porque cada vez hay más personas que viven y pasan sus últimos años solas o acompañadas solo por las personas que les cuidan y no es ese el final al que yo aspiro.

Por cierto hablando de series, a las que os hayáis dejado caer por aquí por primera vez os cuento y a las habituales os recuerdo que Amazon me ha concedido la posibilidad de ofreceros una prueba gratuita de un mes de duración de Amazon Prime Video si lo solicitáis a través de este enlace. Podéis ver series o pelis en streaming o descargarlas para poder verlas en cualquier momento, aprovechad la posibilidad, tienen miles de ellas.

Siguiendo con el tema de la convivencia,  siempre hemos visto con normalidad que los jóvenes compartan piso, en esta etapa de la vida suele ser principalmente por motivos económicos -compartir gastos es a veces la única forma de independizarse- sin embargo que personas mayores o incluso ancianas compartan piso, es para nosotros algo muy poco habitual. Tal y como andan últimamente las cosas, tampoco habría que descartar la bondad de compartir gastos, pero con esta edad se trataría más de compartir el tiempo y evitar la soledad.

Ya hablé de la soledad en una ocasión, entonces comentaba la costumbre que tenemos de apoyarnos únicamente en la familia y animaba a ampliar el círculo, incluyendo en el también a los amigos. Ahora está muy de moda referirse a los amigos como “la familia que elegimos”, quizá sea una expresión un poco pretenciosa, pero en vista de la evolución que está teniendo la sociedad, de la extensión de la vida laboral hasta edades cada vez más avanzadas, del alargamiento de la esperanza de vida,  no nos vendría nada mal ir pensando en cambiar de modelo. ¿No os parece?

Me contaba el otro día una conocida, que su madre de 80 años vive sola. Afortunadamente está muy bien de salud y está muy contenta en su casa, de hecho no quiere ir a vivir con ninguno de sus hijos, pero ella me comentaba que nota que el hecho de vivir sola le desmotiva y le limita para muchas cosas: para cocinar, porque “total para mí sola”, para salir, porque “por no ir hasta allí yo sola”… y cree que podría estar mucho más activa si compartiera su vida con alguien que esté en su misma situación. Ya sabéis que todo en compañía se hace mejor y más fácil y el hecho de que sea “un igual” les quita la sensación de dependencia o de ser una molestia para los demás.

En otros países, sobre todo en los países nórdicos, es algo más habitual, de hecho algunas amigas de mi hija, han compartido casas con personas mayores cuando han estado estudiando en el extranjero. Para estas personas supone una doble ventaja, por un lado obtienen unos pequeños ingresos y por otro, tienen la compañía de una persona joven, que les estimula y les acompaña. Se sienten mejor, más útiles y conectadas con el mundo. Pero aquí no es algo que se estile, es más, si nuestros padres se propusieran hacerlo seguro que veríamos un montón de pegas.

Pensando en este tema, me viene a la memoria el libro de Nuria Gago “Quiéreme siempre, no sé si lo habéis leído, yo no he tenido la suerte de hacerlo todavía, está en mi lista de pendientes, pero me han dicho que es una delicia. Para las que no os suene os dejo la sinopsis:

A Lu, que lleva dos años en París, le han roto el corazón por tercera vez y decide volver a Barcelona para aclarar sus ideas. Su madre le busca un trabajo de cuidadora sin consultarle y cuando la recoge en el aeropuerto, la lleva directamente a casa de Marina: ochenta y seis años, viuda y pendiente siempre de su hermana María, enferma de alzhéimer. Lo que empieza siendo una convivencia forzosa se convierte para las dos en un pequeño oasis en el que recuperarán la alegría y el control de sus vidas. Quiéreme siempre habla sobre la importancia de ayudarnos los unos a los otros, sobre la soledad de nuestros mayores, sobre cómo la música puede abrir puertas que ya nadie encuentra y, sobre todo, de cómo el humor, el amor y la valentía de mirar hacia adentro pueden salvarnos.

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Cuando hablo de esto con mis amigas, me suelen decir que las personas mayores no están para convivir con nadie, que nos hacemos raros, que tenemos nuestras costumbres y horarios, que no queremos adaptarnos ni amoldarnos a otros… Yo no tengo tan claro que eso sea así.  Si me pongo a imaginarme a mí misma dentro de unos años, tengo claro que no me gustaría estar una casa llena de niños que corran y salten, rían o lloren, o con unas personas que trasnochen cuando yo quiera dormir o me despierten por la mañana si ellos tienen que madrugar ¡Seguro que no! ¿Pero si se tratara de convivir con un par de amigas, de más o menos mi edad, con unos horarios parecidos y unas necesidades similares? Que ellas me recuerden que me tengo que tomar las pastillas, que yo les “obligue” a ir a tomar un café o que compartamos una peli las tardes de invierno ¿qué me diríais entonces? Creo que es algo que cada vez está más presente entre las personas maduras. Muchas, yo me incluyo en este grupo, quieren vivir la última etapa de su vida entre iguales, con personas de su misma edad y con sus mismas aficiones, les apetece vivir entre amigos, cuidarse y apoyarse entre ellos.

En esta línea, están proliferando los proyectos de cohousing, que no es otra cosa que compartir vida pero en unas instalaciones que combinan espacios privados con espacios comunes. Es una muy buena alternativa a estar bajo la supervisión de los hijos o ingresados en unas residencias, cuyos precios son casi siempre prohibitivos. Pero aún queda mucho camino por recorrer, son proyectos complicados que hay que iniciar desde cero y se requieren muchos medios. Mientras tanto, hay muchas personas viviendo solas en casas espaciosas que podrían ser compartidas y así vivir de manera más cómoda y segura, más activos y económicamente más holgados… No me parece que sea una locura ¡pensad en ello!

Hasta pronto,

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